Debería describir cronológicamente la serie de sucesos, que provocaron la epifanía, para que el relato sea coherente con la vibrante alegría de mis dedos, plasmando la inquietud de la respiración.
Las nubes de alquitrán, el roció etílico, la simple y llana mortalidad. Muecas, sonrisas, caricias... los huequitos de tus mejillas.
Me vi inmerso en la flamante vicisitud masivamente solicitada, ¿La beso o la muerdo? Sus aretes rojos de bolitas, lastimaban mis lacerados dedos del quehacer cotidiano, mientras nervioso trataba de rozarle la mejilla con sutil dulzura que no delatara la inquietud, pero exhibiera el interés.
Su mirada prestada a la mesa adjunta, en paralelismo total con la mía, estaba excitada y claramente alagada. Era una niña disfrazándose de señora. Caudalmente le atraía la serenidad de la vida sedentaria, los hombres hechos. Una chiquilla aldeana que es entregada al generoso hombre para que le enseñe mundo, y en medio del intercambio se tropieza con en un cálido flirteo, se endiosa con una mariposa y deja de ver el flamante jardín a su disposición.
El etílico me raspa la garganta, su lengua la suaviza. Debo hacer algo, dejo de escribir.






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