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martes, enero 14

Lecciones rápidas para retener a una mujer

Fotografía Emmanuel Delaloy 



“Nunca creí que la amaría de esta forma, la conocí este verano en la playa. Es la aventura más auténtica que a mis 18 años he vivido. Esa tarde, cuando la conocí, aprendí más cosas de mí de las que había sabido en toda mi vida. Paseamos a caballo, nos besamos durante el atardecer y bebimos chardonnay junto a una fogata frente al mar y ahí hicimos el amor. Solo una semana después, estoy en este avión a punto de cruzar el Atlántico de regreso a casa. Además del ardor por la piel enrojecida, me abraza la certeza, de que ella es el amor de mi vida.” 

Claro, el ingenuo príncipe se arrojó de su avión en paracaídas y nadó 6 horas hasta llegar de regreso a la playa. Allí estaba su enamorada con un diminuto traje de baño rojo y un pareo casi transparente que permitía disfrutar de sus rebosantes caderas, anchas y morenas, sin estrías ni celulitis. 

Se encamaron 15 días más hasta que el hotel descubrió que Romeo no tenía ni un centavo. Se fueron a vivir al bungalow de ella, bueno, de sus papás. Dormían en hamacas separadas por el olor inmundo de los pescados paseados, que todos los días por las tardes recorrían la playa en busca de algún turista despistado que los comprara. El chico buscó un empleo y entonces descubrió que no sabía hacer nada, salvo amar a la costeñita. Entonces comenzaron los problemas; el pareo, que tanto le pedía que usara, ahora era un foco de atención para todos los hombres que rondan la playa. Se peleó ocho veces con mirones inoportunos y perdió cuatro dientes, después de cada pelea se repetía sí mismo <<pudo ser peor, mucho peor>>. En recompensa a su gallarda entrega y cuidados casi militares, recibía ocho o nueve minutos de sexo al mes. Comenzaron a gritar más a menudo y cambiaron los motes románticos por apelativos más divertidos y audaces: <<eres un comemierda, cabrón>>. 

Después de mucho naufragar en su amor veraniego, un buen día se largó de esa isla caribeña y volvió a España, para enterarse que no tenía departamento y que debía vivir del Ministerio de empleo, que gentilmente le da un cheque cada día 25, a él y a cada desempleado a punto de colgarse de un puente. La candente caribeña volvió a encontrar el amor en un lanchero, es completamente infeliz. De vez en cuando, a él acude un recuerdo del bello amor de verano y mirando el firmamento, con una lágrima en los ojos, se le escucha decir: <<hijadeputa>>. 

Ese es un fiel relato de amor. Crudo y sensacionalista pero real, salvo por el salto desde el avión. Cuando un periodista calvo y pretencioso le preguntó a un famoso escritor si el amor de lejos es de pendejos. Él, con amplia experiencia en el arte amatorio de las mujeres, respondió <<el amor en general es de pendejos>>. Ese hombre tiene la autoridad moral para decirlo. Amó a una mujer brasileña, a distancia, durante ocho largos años. Se la llevó a vivir a México, y tras ocho meses de concubinato, la brasileira se largó con un artista teatral, que ganaba más o menos igual que el escritor, una miseria. La brasileña no era una trepadora. El asunto no fue por dinero, fue peor, fue porque así de jodido es el amor de pareja y el amor en general.

Cuando conocí a Ana, ella tenía 22 años. Tenía la cintura y las caderas perfectamente talladas en un vestido color vino, la boca rosada y sus ojos sobre mí. Crucé el salón y le extendí la mano, la jalé hasta la pista de baile y ella accedió. Seguramente aceptó porque había llegado conmigo, porque era mi acompañante, aunque me gusta pensar que lo hizo por lo impresionante que me veía caminando en ese smoking hacia ella. Esa noche, la de la boda que fue nuestra primera cita, bailamos más de lo que yo lo había hecho en años. Ella era una bailadora compulsiva, y yo no lo sabía. Cuando invitas a una perfecta desconocida a la boda de tu único hermano, no esperas que resulte una aventurera que solo desee bailar y besarte, siempre en ese orden. La noche fue casi perfecta, ¿qué falló? me quedé con ganas de más, mucho más. Nada tenía que ver con el sexo, sólo deseaba que esa noche hubiera durado más, aunque hubiera tenido que bailar con ella hasta que la luz inundara las ventanas.

Volví a su casa cinco días después y conocí a su perra octogenaria que babeaba todo a su paso, generalmente yo era su paso, y además ladraba cada 16 segundos, a veces un poco más. Ya no traía conmigo el smoking que me hacía lucir tan bien. Tenía la barba ligeramente crecida, los dientes amarillos por el tabaco y todos los deseos de arrojarme en bongie sin cuerda. Después de descubrir que era una chica normal que no bailaba todo el tiempo y que tenía una familia, caminamos un poco. Luego, fuimos por un helado, nos besamos, hablamos del decálogo de libertad que se utiliza para impresionar a los demás, con frases como: quiero conocer el mundo, ser apasionado y no conformarme jamás. Volvimos a salir y a besarnos, siempre en ese orden. Gradualmente fui conociendo a todos sus amigos: los de infancia, los de la preparatoria, los de la universidad, los de la academia de baile, los de la clase de francés, los veteranos de guerra, la secta suicida y hasta un par de infelices que me veían con cara de yo salía con ella antes que tú. 

Para febrero ya éramos novios. Yo trabajaba en una oficina de publicidad y ella era una soñadora high clase, que quería proteger a todos los perros del mundo, bailar todo el día y por las noches conocer París. Amar era fantástico, nos queríamos comer todo el tiempo. Ese platina, el que ella conducía, es una maravilla para enamorarse y para decir te amo por primera vez. Cuando vuelva a enamorarme, al menos cuando desee hacerlo, me compraré un platina rojo. El primer año es un sueño: apasionados, con total idolatría el uno por el otro, con nuestras vidas aún intactas. 

Para conmemorar nuestro aniversario, viajamos una semana a la capital, de vacaciones. Caminábamos durante horas, subimos a las pirámides y a las trajineras, nos juramos amor frente a una botella de ron y prometimos volver a la ciudad para quedarnos a vivir por siempre, tener un departamento lindo, poco dinero y caminatas serenas y románticas cada atardecer. 

Los meses volaron y el siguiente otoño ella arribaba París. Cumplir sueños y estar enamorado es siempre una posición poco ventajosa. La primera noche en París, desde México, no pude dormir ni un minuto, no sabía nada de ella y esperaba que no la hubieran secuestrado unos árabes en el avión y mientras lo pensaba estuviera a punto de colisionar con el empire state, o con el fiesta inn que es el edificio más alto de la ciudad. Ella llegó asustada y eso me ayudaba, hablamos tan frecuente como se podía, un par de llamadas telefónicas y además me envió tres postales de Bélgica, Italia y Francia, no respondí ninguna. No sabía qué decirle <<Te mando una postal del centro histórico, que ni es centro ni es histórico. La ciudad es la misma desde que te fuiste y soy un imbécil que solo sueña con tu regreso.>> Claro, eso competía perfectamente con los canales de Amsterdam que vio en sus primeras vacaciones y con las de veletas nocturnas del río Sena. No competía de una forma justa ¿de donde iba sacar queso de cabra, panteones repletos de cadáveres famosos y cientos de soñadores tercermundistas poblando los bares baratos de aventuras? ¿Cómo podía competir con sus trenes y su vida nocturna cosmopolita, llena de escritores, pintores, escultores, actores y estafadores, casi todo latinoamericanos y casi todos muertos de hambre. 

Un día dejó de escribir cotidianamente y sus correos comenzaron a faltar. Otro día ya estaba de regreso, con la mente grande y una ciudad chica y retrógrada bajo sus pies. Cayó en el embrujo de ese París tramposo y adulador que le permite, a casi cualquiera que se pose en él, creer que el mundo aún es un lugar maravilloso en el que se puede ser feliz a partir de lo natural, del arte y del bien vivir. Estaba deslumbrada por el primer mundo y lo primero que se me ocurre hacer, para fortalecer la relación, es pedirle que vivamos juntos. Es tan idiota como tratar de domesticar a un tigre de bengala con croquetas de soya. ¿Porque nadie me lo dijo? tenía que ofrecerle el mundo. Además de un chalet en el sur de Francia para el invierno y un loft con vista a la ciudad para el verano, botellas de vino desde el pont des arts y una agenda cultural digna del director del Louvre. Tenía que jugar al aventurero con mochila al hombro y parafrasear a Cortázar, Sabina y a todos los amantes de montparnasse. En cambio, corrí hacia ella con un hacha agitada en lo alto de mis puños con la leyenda <<corta alas>>. 

La tierra prometida comenzó diluirse, y con ella mi plan inmediato de vida. Como el turista del Caribe, el romance se fue con un lanchero y solo me quedaron los gritos y los reclamos de una pareja frustrada que creyó que una golondrina hace verano.

sábado, enero 4

La calle azul de la calle candela


Es un cuadro horrible de un campirano en balsa que domina los brochazos irregulares, que simulan un mar,  con el alto contraste del el negro y amarillo de su cuerpo. El resto de la decoración corresponde a memorias, como predomina en casi todas las casas clasemedieras: fotografías, cristalería adquiridas en viajes esporádicos, un tazón con dulces típicos y, el orgullo de la familia, títulos universitarios finamente enmarcados o al menos la denostaciòn de que los chicos terminaron su instrucción superior.
Lo suigeneris, se lo da un ave verde y gritona que gobierna desde su jaula todo el livingroom. Lo único que sabe decir es su nombre, palabra suficiente para imponer su dictadura, dotada de pedazos de tortilla de maíz, frutos en pequeños trozos y muecas diarias de afecto, como tributo ineludible.
La casa se amolda a su visita, pareciera tener un resoplo de vida. Recuerdo mis primeros encuentros con la casa azul de la calle candela, recién había conocido a la más pequeña y dulce de las residentes. Nos besábamos en el filo de la banqueta, esquivando insectos, perros y transeúntes. No lograba pasar de la reja del pórtico pero, a cada beso de despedida,  fui dando pequeños pasos hacia dentro, unos más grandes cada vez. Pronto llegué hasta puerta de la casa que en recepción tiene el livingroom, con su barra de aglomerado como bancos de acusados junto al dictador emplumado, con jueces en la pequeña y brillante cocina. 
Las primeras esperas fueron en los sillones oscuros que ya no cohabitan con la familia, ya que fueron remplazado por unos vistosos loveseat color naranja con vivos oscuros que hacen juego con la madera del comedor, y la mesita de centro. el silencio era apenas amortizado por la televisión o los ofrecimientos de bebidas frías para mitigar el calor veraniego, esos largos ratos me dejaron grabar a cincel y martillo los detalles ínfimos de la habitación, incluso pequeñas marcas en la pared que me ponían a adivinar que cuadros habrán colgado antes esos clavos, antes de la decoración actual. 
Pasamos un par de años de romance voluminoso y a la suerte de las cartas se fue al extranjero por una temporada justo cuando el otoño comenzaba a arreciar. En víspera de navidad volví a esa casa aun con su ausencia, so pretexto de recibir un pullover horrible que ella me envió a propósito de la fecha decembrina. Pronto aprendí a querer esa prenda color blanco con dos puños verdes y un pino navideño mal bordado en el pecho, que me recuerda que la navidad es una consecuencia de artículos que no deseamos pero que nos dan pequeñas felicidades. Orgulloso me tomé la fotografía del recuerdo junto con el pino de navidad y la rodilla recién operada de su padre. Me gusta contemplar la fotografía y ver lo poco que han cambiado las cosas a pesar de su distancia, el cuadro azul como fondo de la fotografía, con su dominante azul que pierde fuerza por el estruendo de las luces del árbol navideño y por mi sonrisa desbocada. Los sillones ya eran naranjas, y todo se encontraba en la misma posición que ostenta el livingroom desde hace algunos años, pero el tono de la fotografía es cálido hasta un tanto campirano  y acogedor que la casa deseaba mostrar, para que ella a través de la fotografía extrañara su vida primera, sus llantos y su infancia. 
Esa casa de interés popular latía con devoción por ser vista por la niña de los gritos, como si la invadiera una negada nostalgia de saberla lejos y así permaneció hasta que mayo la llevo de regreso. Entonces se corrieron las cortinas, puertas y rejas; los sillones naranjas se pusieron sonrientes y hasta ese cuadro horrible se saco el polvo de encima y ensancho un poco la luna de aquel cielo exagerado, todo fue cohetes y fiesta, Ella, la niña había regresado. La casa la abrazo con sus paredes viejas y le canto desde sus tuberías por las noches para arrullarla. La casa sonríe como madre amorosa a espera de que la chiquilla vuelva a poner en movimiento sus pies.