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lunes, agosto 1

La última tarde



De alguna forma en que aún no alcanzaba a comprender, esa tarde sería la última. Había concedido en alcanzar un vuelo con veinte escalas, en veinte aeropuertos de veinte lugares que apenas si recordaría. El rumor del viento galopaba entre las puertas del pequeño hangar con maleta en mano y una sudadera color pastel. En espera agobiante, lucía como un cachorro ansioso olfateando entre manos y piernas en busca de algún bocado, sin gruñidos feroces, solo con la impaciencia de un momento que llegaría de un segundo a otro, graduando aún mas una tacita desesperación, en cualquier instante el pasillo se poblaría de piernas, contemplaba la pista y se excitaba con cualquier aterrizaje para después fundir una mueca con una profunda exhalación de desencanto. La primera vez que voló tenía miedo. La segunda vez también tenía miedo.

Era una bailarina, aunque ya no lo hacía, en realidad nunca lo hizo por completo, a pesar de que amaba destrozar sus uñas bailando en puntas, nunca le dio la oportunidad de que fuese el único alimento de su alma, nunca pasó de ser un profunda y devota afición, nunca pasó del intento.

Alcanzará un viejo amor, viejo por que lo profesa muchos años atrás, pero para Ana es un amor vigente, lo profana en llantos cuando nadie la ve, y lo idolatra en sonrisas que percibe cualquiera. Se enamoró como siempre, tomada de la mano, con la emoción en el semblante, con la certeza que todo lo que tenía delante de sí, no existía, ni jamás existirá.


 Esa tarde, la última, Ana se puso el  vestido que más amaba, después, se lo quito. Lo puso en la maleta y se enfiló al enorme estacionamiento donde descansan los aviones después de una larga travesía. La llevaron en el auto rojo que tantas veces condujo, con el parasol roto. El camino fue el más corto que te conduce a cualquier parte, para ella fue enorme, lluvioso, con un gris esplendido debajo de los tibios rayos que señalaban puntos intrascendentes en la tierra pero a la distancia cualquiera vería el dedo de dios. El sol le ardería en el rostro si fuera sobria en los pensamientos. Esa tarde Ana estaba embelezada, todo lucía como una pintura de Cortazar, o un cuento de Leonora Carrington. Podían aparecer seres fantásticos con trajes formales, podía perdonar a casi cualquiera, no necesitaba bailar para expresar al mundo todo lo que tenía que decirle, lo tuvo todo. Esa tarde para Ana, fue la última, la última en que sintió miedo.