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lunes, noviembre 29

mi espiga...



La ciudad es tan pequeña y calida, que me atosiga. El sol es tan placido que me obliga a ponerme gafas, y sus vidrios tintados me privan del bello paisaje. La noche es tan desierta, que estar solo en las barras de los bares ya no me hace un lobo solitario, sino un loco cualquiera.. Constantemente en mi dormitar camino al sur, donde los vientos son mas espesos. Donde las letras caminan en los empedrados. Extraño extrañar, es extraño.

carta #12

martes, noviembre 9

Prisa

Mario apretaba sus agujetas sentado sobre su cama. Luego abotono de nuevo su camisa, grito a Julián se apurara con su llamada telefónica. Retoco el peinado, reviso la exactitud de su reloj de pulsera, decidió dejarlo, y lo coloco en la mesa café que posa junto a su cama, en el mismo movimiento tomo las llaves del departamento. Volvió a Gritar a Julián con más énfasis estaba claramente inquieto por marcharse. Volvió la vista hacia su calzado, a la camisa, el peinado, roso el rededor del pantalón y sintió por tercera vez llaves, teléfono, cartera, cigarros. En ese preciso orden.

Se encamino hacia la puerta y pronunciando un fuerte toc toc con los nudillos contra la madera grito.

-¡Se nos va a hacer tarde!
-ya voy. Con voz serena contesto desde el interior del dormitorio
-ya voy, ya voy… ¡ya voooy, Ándale! Respondió Mario con una mueca de enfado.

Camino hacia la pequeña estancia, se recargo junto al marco de la puerta por algunos segundos, regreso a la mesa café junto a la cama, y se puso el reloj de nuevo, al instante lo volvió a colocar junto a la caja de lápices. Volvió al lumbral de la puerta y extendió la mano a la manija, al escuchar la puerta de Julián, salió del departamento, bajo la escalera y lo presiono con un grito desde la acera.
Con paso de prisa hacia la avenida, tomaron el autobús. Ya en marcha Mario volvió a cierta cordura, contemplo por algunos instantes los asientos vacios y decidió permanecer de pie, volvió la mirada y encontró atención en una cabellera oscura, ligeramente aclarada por químicos, ceja rigurosamente delineada, parpados hundidos, escote amplio, tetas grandes y mochila en brazo. Con un evidente codazo le informo a Julián el hallazgo, platicaron poco y contemplaron más. Llegaron a la estación, y con paso precipitado pisaron hasta el andén de la línea dos del metro, consiguieron espacio al frente de la apretujada espera, revisaron ampliamente el grupo en busca de algún otro hallazgo. El vagón se hacía esperar. Después de unos minutos de vagar con la vista, comenzaron a escuchar la llegada de la maquina, abordaron y se pararon junto a la puerta. Estaba muy poblado. Descendieron en la estación consecuente y liaron a codazos por bajar primero la escalera, ya en la calle caminaron despacio con desconfianza, con forme aumentaron los pasos, aumentaron la velocidad. Se comieron un par de cuadras y con dificultad entre espera y audacia cruzaron el boulevard que los dividía del gran parque central de la ciudad. Buscaron una taquilla por algunos minutos y avanzaron hacia el norte. En tres o cuatro, cientos de pasos encontraron el acceso. A punto de pagar la admisión y Julián se acerca al enorme cartel con el anuncio de los invitados de esa noche. Lo revisa de arriba abajo mientras Mario le agudiza la falta de tiempo, lanza un par de palabras para apurarlo, y avanza hacia Julián.

-¡¡vámonos!!- Le refunfuño Mario tocándole el hombro.
-¿ya viste? – señalando el cartel.
-¿Qué? –respondió Mario con cara de total incógnita.
-¿Cuándo es el concierto? – cuestiono de nuevo Julián.
- ¡Es hoy!- sentencio Mario aun más enérgico y señalando el enorme cartel - ¿Qué dice? Martes 16 de noviembre.
-Exacto, hoy es nueve.

Boleto y anden

Pagó el vaso de café y tras un par de pasos turbios reposo en el escaloncito de la acera. Era una mañana fresca, que le había obligado a usar un suéter morado con cuello abierto, un recuerdo que hurto de casa de un viejo amigo hace años. La calle ancha dejaba el paso a 5 largas filas de autos, potentes frenadas debido a la muchedumbre que se lanzaba con prisa hacia la estación del metro.

Volvió a sus pequeños sorbos mientras se recordaba aguardando la llegada de la ruta 206 que le llevaría hasta el paseo junto al rio donde se encontraría con su nuevo hogar. Trajo consigo la inmarchitable maleta de piel café, mordida por los años y con el sostén desgastado, con una ruedita de plástico y un hueco donde debiese haber otra, el sol era galante y los pastos altos, la humedad de aquellos días era abrumador, al menos para el viajero recién llegado. Habrían de pasar cortos 6 meses para reservar su despedida, el planeta había inclinado el piso arrojado una nueva ruta para él. Vivió en el sur de la esperanzadora ciudad, laboro como cantinero, administrativo y por un breve periodo como técnico en algo que no comprendía pero le mostro una vida que no deseaba y lugares que no había percibido. Enamorado de la brillante arquitectura, de los manojos de gente, de los montruos residenciales, de la corta vida inútil de la noche, de los enormes parques y los lujosos restaurantes, de los teatros y auditorios atiborrados de artistas, de poco valor pero reconocidos por el grueso como artistas. Encendido por las bravas avenidas, los engalanadores paseos públicos y las extranjeras bellas.

Gustó de sentarse a cunclillas en la azotea a contemplar la altura y la majestuosidad de la luces de la ciudad, de sus grandes edificios dibujados como en caricatura antigua, con la montaña que los protegía, los hormigueos de automóviles, y las contaminación asfixiante de carteles, anuncios y espectaculares. Habrase visto jamás un lugar tan inundado de mercadotecnia. No contemplo nunca un amanecer, el dia que lo hizo estaba ciegamente embrutecido con licor como para recordarlo. Conoció menos de lo que quisiera, y mucho más de lo que podría.

Hoy poseía un boleto de regreso, y un par de hojas blancas donde magnificaría las historias que no ocurrieron y socavaría las lamentables que han de pasar desapercibidas para el interés cotidiano. Como el hecho de que bebiera un vaso de café o que solo hubiese imaginado comprarlo para hacer más nostálgica la despedida.