La apacible desesperanza, de piernas cruzadas y chamarra ligera aguarda en el andén cuarenta y tres de la estación de autobuses, esta en la banca azul con el descansabrazos quebrado, arrojando las colillas, junto al paredón de los mochileros, contemplándome con total sodomía y falta de amor.
Otra vez el mismo, innecesario e histriónico camino de los pañuelos blancos, de las promesas desinteresadas y de las canciones de duelo. De las pomposas mentiras, si es que califican como mentira y no como una aberrante ingenuidad.
Otra vez, echo el saco en lomo y comienzo a caminar.





