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viernes, diciembre 13

El caminante

Todavía no cae la tarde y el sol lamprea sobre mi exigua sombra. Estoy caminando, lo hago desde hace mucho tiempo. Mis pasos están cansados de arrastrar tierra, de patear cardos y piedras. La luz me entra por los poros y se va hacia la cabeza mojada de llorar salitre. Hay serpientes que sesean la tierra, crean voces restregándose contra las plantas, gritan miedos al aire. Las veo a distancia sin detener el paso, las veo porque pueden morderme si me meto en su camino, las veo porque es lo único que despeja la mente del deseo de muerte.
Ya olvide de donde vengo pero sé a donde voy, hacia delante. Por las mañanas el sol siempre estará a mi espalda y en las tardes sera mi destino, a veces quisiera que apareciera un coyote y me hincara los dientes en la cabeza, a veces deseo solo cesar al suelo, apagar la bomba del pecho y dejar que todo acabe. Ojala una tarántula me penetrara en la pierna, cerca de la ingle, que su borbote se irrigue en mi torrente y detener la marcha.
¿Por qué me quiero morir? Para no llegar. ¿Qué por que no simplemente me detengo? por que no puedo quedarme, este no es mi suelo, sólo puedo detenerme en mi propio suelo, aunque no lo conozca, aunque tal vez nunca lo haya visto. No quiero agua sólo quiero llegar.
Cuando salí de allá de donde vengo, no sabía si iba a llegar, pero tenía que salir, igual como los coyotes que, viejos y heridos, mueren en donde les haya el camino, no buscan casa ni arropo, buscan la muerte para acabar con su miseria. Los hombres somos miserables por que nos gusta ser miserables, somos lánguidos poseedores de vida, no solo la nuestra, poseemos la vida de los demás a través de recuerdo. De vez en cuando nos llevamos rostros, o palabras. Nos quedamos con las voces más bonitas, las que más nos gustan y las apresamos en sacos dentro de la cabeza. No moriré solo, mataré conmigo a toda la gente que me amó y que en mi vida hizo tajo.
La tarde está por caer, la helada habrá de detenerme. Esta noche no encenderé la fogata, tal vez un coyote busque mi abrigo.

sábado, septiembre 14

El café sin anillo

Una muchacha va a entrar a una cafetería y al apoyar la mano sobre la puerta de cristal nota que en su dedo falta un anillo. Comienza a esculcar las bolsas de su chamarra y solo encuentra papeles inútiles, números telefónicos, fotografías de viejos amores y boletos de trenes. Comienza a alarmarse y busca con desparpajo en su pantalón. Entra agitada a la cafetería y le grita al barista que ha perdido su anillo y no puede esperar. Rápido le sirve un café con leche para que pueda seguir buscando. La muchacha regresa al empedrado y se queda largo rato contemplando el piso a espera de que aparezca el anillo, lanza improperios a la gente que circula y maldice al anillo por estropear su tarde de café. Cuando la noche se acerca y la luz está por escaparse,  va a regresar a la cafetería y al apoyar la mano sobre la puerta de cristal, se llena de rabia y entra furibunda a la cafetería. Va hasta la maquina de café y le grita al barista "estúpido, en mi otra mano estaba el anillo."

lunes, septiembre 9

El Pasado y su amor por la vida.

El pasado me persigue. A pesar de lo trillado de la expresión, tiene una connotación estridente en mi entendimiento de la vida. El pasado viene tocándome los talones con las garras, convirtiendo cada huella en pasado, todo lo hermoso que veo lo convierte en recuerdo y la felicidad la hace pasajera.
No hay vulgar ladrón tan ingrato como el pasado, que vive a mis costillas, exigiéndome a cada instante más vida para nutrirse y arrollando todo lo que se encuentra a mi paso.
No espera, incluso si dejas de caminar, te empuja despacio consumiendo pasos que no se recuperan. Carcome los adoquines aún sin ser pisados. Por eso hay que pisar mucho, para sentir la tierra viva antes de que se la trague pasado.

No te odio, pasado, ni te maldigo, al contrario te agradezco que no me permitas nunca volver la vista atrás.

"¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!" Amado Nervo.


miércoles, enero 23

El funeral de mi padre


(borrador)
Cuando el proceso funebre llegó a su fin huí a manquisteapan, a las labores de mi padre, a sembrar frijól. Logré odiar a los campiranos, casi tanto como a los citadinos. La miseria que prolifera es dificil encaudalar a otra cuenca que no sean las necesidades primarias y elementales. El duelo de mi padre fue largo e imperceptible, apenas si se asomaba a reproches a nombre de su excompañera de vida. Ser viudo es sencillo, solo hay que reprimir todos los sentimientos y dejar que te consuman despacio hasta la muerte. 

La casa donde crecimos, mis hermanos y yo, no era del todo grande. Los dos pisos estaban forrados de la infancia de mi madre: la pianola, los estantes de libros, las fuentes, al punto que un día trataron de regalar el comedor para que hubiera espacio suficiente en el ágora de adelante para siquiera poder salir de la casa sin tropezar con jarrones y columnas moviles de marmol.
Cuando mi madre murió, la familia destazó el que fue su lecho de vida. En haras de llevarse un pedacito de ella: las joyas, los muebles y los cuadros terminaron regados en todos los desenfrenos que mi abuelo regó por el mundo. Solo quedó lo derruido por la horda de animales que recibían cáritas de mi anciana madre.
Murió sola, nadie pudo colocarle nunca una correa ni un rosario. Solía decir que los parrocos solo sirven para coger niños y dinero, que las visitas son solo personas ociosas ensuciando otras casas y que el matrimonio es uno solo en la vida.
Tal vez, en el fondo eso fue lo que debastó al viejo, que nunca tuvo un buen argumento para señalarla, al final de cuentas con su muerte, lo jodió a ser el perro desdichado que llevó a la familia al desmembramiento, o como dice la abuela, a jalar cada quien a donde se le hinche un huevo.
Nunca entendí porque nunca se casó el viejo, tenía otros dos hijos, una esposa joven y una enorme segunda oportunidad que dilapidó. En el funerál llevó el traje de bodas y su argolla en el dedo anular, pidió al final que le dieran un momento a solas con la "chata", como llamaban a mi madre en la infancia. El viejo se hizo pedazos y hubo que recogerlo del piso, con las rodillas lodosas y los ojos hundidos en esa caja de caoba. Después de un tiempo, tambien él murió. La casa se llenó de lamentos, pero ninguno como el que él le entregó a la chata.