
Estaba por crear un universo. Se dispuso a mover los dedos ¿Cual sería el primer peldaño? No hay mundos sin arboles ni ríos, pensó. Creó la naturaleza y la dotó de facultades; añadió animales salvajes y a las orillas decoró con perros domésticos, de rabos altos, moviéndose felizmente al ritmo del viento que ya había dispuesto sobre el nuevo mundo. Movió el anular ligeramente a la izquierda y apareció una cabaña. Volvió a moverlo y apareció otra cabaña. Repitió un centenar de veces el movimiento. Añadió hombres y familias, entonces les enseñó a cuidar a los dóciles caninos. Creó, hijos, primos, sobrinos, abuelos, padres, amantes, enemigos, y objetos para cada uno. Fue concediendo la magia de sus dedos a todos y cada uno, entonces le quedó un dedo. Cuando estuvo a punto de hacer un movimiento, escucho una plegaria ¿Alguno de sus seres, a los cuales engendró, se habría de dirigir a ella? Para qué, se cuestionó. Poseían todo lo que podrían desear, y más de lo que necesitaba. ¿Por qué un ser diminuto tendría que hablar en aras de la divinidad? Escuchó pasmosamente y, al culminar, movió un último dedo. Culminó con el deseo de abogar por un desvalido, de arropar parejas sexuales, de albergar co-dependencia y poder cuidar de un desalmado. Para que justificaran sus errores en voz del aletargo de sentirse profundamente atemorizados del futuro trémulo de su protegido amoroso.