Mi vida está marcada por fechas importantes. Me he vuelto un especie de adicto al calendario, no para apresurarlo ni para detenerlo, solo para conmemorarlo. Es común relacionar meses, semanas y días específicos con grandísimos recuerdos felices, con memorias satisfactorias y dolorosos recordatorios, a excusa de la vuelta de los planetas al sol y de los movimientos perfectos y perpetuos del universo. Decidí conmemorar a lo grande, a través de la historia de Calvin y Ruby, dirigida por Jonathan Dayton, Valerie Faris.
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| Ruby Sparks (2012) |
Este fin de semana noté que en unos días llegará nuevamente el nueve de enero. Fecha en que celebré en más de una ocasión el aniversario con la pareja que mayormente ha impactado mi vida. Sin recurrir a los superlativos, un marcador indeleble en mi vida adulta. Caracterizado en la mayor parte del tiempo por situaciones altamente emocionales.
Cerrar ese ciclo, de domino de todos mis allegados y algunos no tanto, ha sido un largo peregrinar entre el desazón, la falta de pertinencia y resilencia. En otras palabras, me he rehusado, con todas las artimañas posibles, a aceptarlo y abrazarlo.
Adscrito a un puntual sistema de dramatización, recurro a productos culturales que avivan y mantienen esa nostalgia - quizá melancolía- que rodea mi status sentimental y mi disentir hacia los caminos obvios y saludables. En años anteriores ella seguía siendo una compañera para no migrar de esta eterna indefinición. Siempre fue más lista y emocionalmente más diestra que yo. Por ello, supo encontrar caminos de paz y estabilidad mental que la han llevado lejos de este fingido holocausto que con amor y filias he tejido durante largo tiempo.
Uno de los productos culturales más recurrentes son las artes escénicas. Por ello el titulo de este texto fallido, mismo que se le dio en latino américa a la cinta Ruby Sparks, brillantemente escrita por Zoe Kazan, con la que generé una catarsis e identificación del proceso de maduración del personaje principal de la historia.
Calvin no crea literalmente a Ruby Sparks, es una evidente metáfora en donde la creación corresponde al concepto que desarrolló de la chica de sus sueños, que forjó a partir de la inspiración que encontró en un excepcional ser humano. Tomó su voz, cuerpo, emociones, inteligencia y su brillante sonrisa para forjar esa fantasía a martillazos, para forzarla a encajar en un patrón viciado y co-dependiente en donde se refugió de los riesgos de las relaciones humanas. Ruby existió y vivió su propia vida, la imagen inmaculada, contradictoria y sumisa eterna a las convicciones de Calvin, no. Esta ultima solo existió en la cabeza del incipiente creador.
A partir de desaciertos, Calvin enmienda el camino para permitir que Ruby, nuestra Ruby Sparks, pueda diserñir entre sus propios caminos, para que deje de cargar el lastre de las emociones inhabilitadas de su disidente ex-pareja. No es que Calvin la haya dejado libre, sino que la liberó de él.
La redención romántica del final, es solo una fantasía propia de los que hemos querido tanto. Quizá una especie de aceptación de los errores y malas decisiones, un deseo perenne de pertenencia, o bien una simulación, a forma de recuerdo, que nos mantiene sonrientes.
Un nueve de enero, un nueve de octubre, un veintinueve de julio, un cuatro de mayo o un negro siete de febrero. Todas, y muchas más, son pretextos perfectos para celebrar la memoria de los caídos, la satisfacción de lo vivido, la belle epoque de nuestras vidas.
Así, encuentro dolor y gozo en una cinta que evoca un proceso de maduración y aceptación del curso natural de las relaciones humanas y su entorno. Me encanta ver a la chica de mis sueños, en pantalla y fuera de ella.
Soy Enrique Sierra, el soñador del barrio.








