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miércoles, junio 8

A mi padre...

Cuando volví de la escuela, la casa ya olía a arroz colorado y un guiso verde. La televisión estaba encendida y las botas de papá estaban junto al sillón verde, el mismo que dos años después se volvería la cama del perro. Entonces lo ocupaba gallardamente el viejo. Veía el resumen deportivo del medio día y  fruncía el seño cada vez que atacaban al “galgo” torres, líder del equipo local. El hombre de 40 años era seco y de palabras cortas. Desde niño vivió limitantes y de a palmos logró hacerse de un taller mecánico, un casa de Infonavit y un opel color rojo con las polveras a medio caer color gris.
Cerca de los 35 años, descubrió los scouts, los niños exploradores de un concurrido parque en el segundo cuadro de la ciudad. Se volvió un fiel adepto, crédulo de las disposiciones oficiales y de su rol como dirigente en turno. Se le veía feliz con su camisola gris y la pañoleta en tonos azules, caminando por el empedrado, acicalando el lugar y obsequiando palmas y voces a su paso, siempre fue un asunto de pertinencia y devoción.
Jamás lo vi leer con cotidianidad como lo hacia con los cientos de manuales, redactaba actas para denunciar comportamientos quejosos, no dignos del movimiento. Presumía de una esplendida salud, un gran ánimo y un intacto sentido de arraigo. Ahí conoció a la mujer que le brindaría la felicidad de su segunda vida, de su segundo aire.
Le he visto derrumbarse en dos ocasiones: en el alarido que convocaba a la separación, cuando todos sentados en la sala, al suspenso de la televisión apagada, escuchábamos su disculpa, su declaración de paz, su sometimiento ante nuestro juicio y absolución. La segunda, cuando falleció su madre en medio de un pueblo pequeño a las afueras del área metropolitana. La anciana mujer se cansó de caminar entre pastizales que no conocía, de alimentar marranos que no recordaba tener y de perderse a diario en el transcurso de la cocina al catre. El viejo se veía consumido entre la diabetes y su profundo dolor. Siempre lo vi enorme ante mis ojos y ahora lucia desvalido, desesperanzado.
Durante las comidas consecuentes, fingía ser el hombre fuerte, de grandes atavíos. Le gustaba encabezar la mesa y hablar con la mayor serenidad que le era concedida.

Aquel día cuando niño, cuando volvía a casa de la instrucción primaria, me fue otorgado un derecho irrevocable, el derecho de idolatrar la gallardía del viejo, a pesar de su endeble posición. Fue la ultima vez que nos vimos sin tantos rasguños y rebosantes de ingenuidad.