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lunes, diciembre 26

Miente bastante



Miente bastante. Miente a menudo para que te sea un recurso natural, para que no te pillen en la mentira cuando necesites hacerlo. Miente como los mejores. Miente como si fueras esquizofrénico,  creyendo profundamente tu mentira. Ensaya los escenarios. Deberás ser bueno improvisando, poco cautivo y fiel al guión. Miente cuando menos lo necesites, cuando tengas frio, cuando necesites algo de plata, cuando no encuentres el camino a casa.
Vuélvete un buen mentiroso y ayúdate de omisiones, de verdades dudosas, de distracciones ineludibles.  Olvida tu paso y construye uno nuevo. Miente a desconocidos en los colectivos y en el cine. Cambia tu nombre a cada que te lo pregunten,  óbvialo en presentaciones, tira todas tus identificaciones, arranca el bordado con tus iniciales a la ropa de cama, que nadie te pueda demostrar que no eres quien dices ser.
Ahora miente acerca de las personas que conoces, juega al escritor y redacta un par de vidas.  Siéntete dios y mata a unos cuantos. Créete una luminaria y habla con familiaridad de un algunos desconocidos famosos y construye escenarios comunes, irónicos y anhélales el espíritu para los ilusos que te lo permitan. Mas trata de ser coherente con tus mentiras, una vez que las cuentas existirán por siempre, es como si pronunciándolas ocurrieran en ese instante. Nunca niegues ninguna de tus mentiras, al contrario aliméntalas y déjalas crecer. Repítelas un par de veces y deja que se deformen a cada hablada. Dales un latido, un ritmo, para que puedan vivir por sí mismas.
Defiéndelas de los sabuesos y de los adictos de la verdad. Quien ataca tus mentiras, te esta atacando a ti. Pelea con tus mentiras de la mano y lanza algunas contra tus detractores, tú eres el dueño de los hilos de las marionetas en escena, tú los puedes volver villanos, mercenarios o idiotas. Vuélvete político, escritor o pescador y ganarás aún más credibilidad, ellos son los  mentirosos más experimentados.
Ahora que eres un gran mentiroso, viaja. Vete a una nueva ciudad. Invéntate una nueva vida, una exesposa, un perro muerto, una casa pobre para cuando pregunten por tus padres que detestas y tu infancia, feliz, pero que la decorarás con un puñado de tragedia para que tengas una excusa por ser un completo idiota mentiroso.  Miente desde el párrafo uno, y cuando lo hayas hecho suficiente, vuelve a mentir , y viaja a una nueva ciudad. Inventa algunos amores por ciudad, y olvida los que sí ocurrieron.
Miente por convicción, por el derecho de hacerlo. Si la verdad nos hará libres, las falacias nos arroparán, jamás nos dejarán solos, estarán ahí siempre.
Cumple 60 o 70 años y cuando te sientas solo, recuerda. Al menos inténtalo, porque con la vida tan miserable que llevaste seguro bebías más de la cuenta para soportarlo. Deja que se entremezclen, que charlen tus lagunas mentales, tus memorias, tus mentiras, las nuevas y las viejas. Ahora que no puedes diferenciar entre lo que pudo suceder o no, sabrás que has hecho un buen trabajo como mentiroso. Habla solo, miente mientras lo hagas. Vas a morir pronto, miente un poco más, más a menudo, que te sea un recurso natural para cuando necesites hacerlo y no te atrapen en medio de una mentira. 

lunes, diciembre 12

Lo memorable de un mal escritor: Francisco Bustos


Heriberto Yépez es Escritor , Crítico y Traductor Mexicano. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM.  Ha fundado dos revistas y dos editoriales independientes en México. Ha publicado tres libros de poesía , cuatro de relatos y un libro de ensayos  
Este texto es extraído del libro "Ensayos para un desconcierto y alguna crítica ficción" (Instituto de Cultura Baja California 1998)

Fotografía Heriberto Yépez
Los malos escritores develan el oficio de escribir, porque en ellos todo es grotesco, descarado; transparentan aquello que los buenos redactores han sabido ocultar y sublimar eficientemente. Un mal escritor pone en evidencia a los escritores en general, porque al abortar la escritura, deja los secretos de ésta a la vista de todos.     
                Analizar uno de estos ejemplares no es un descuartizamiento ni una purificación: es una forma de hacer flagrante lo que el hombre trama al escribir. Recientemente, en las rachas de mala literatura que las editoriales sudamericanas desparraman continentalmente, ha sido expuesta a luz pública una edición que conglomera (sin tono de burla) los trabajos de un autor de principios de siglo que tipifica al mal escritor. Su nombre fue Francisco Bustos. Sus allegados han editado los poemas y artículos que dispuso en periódicos y en publicaciones subsidiadas por su engañado ego, junto con cartas y algunas traducciones de relleno. El periodo castigado por su pluma abarcó la segunda década del siglo veinte.
                Sus textos son enteramente insípidos o malogrados, pero resultan examinables por su calidad arquetípica y su semblanza termina siendo sabrosa de tan chabacana. Bustos era de descendencia judía, comenzó escribiendo en España, donde se amotinó en la retórica del movimiento ultraísta. Guillermo de Torre era su falsa adoración. Pío Baroja lo influyó mortalmente. Por Gómez de la Serna estuvo azorado y luego insatisfecho. Posteriormente se dirigió a Sudamérica, donde más fácilmente pudo levantar polvo y amotinarse en vagas escaramuzas. Hasta allá cargó con un número grave de lecturas diletantes que no lo soliviantaron a abolir su condición de manierista. Al parecer, en Argentina tuvo alguna relación con Borges, aunque este episodio es confuso e inverosímil. Cualquier relación entre Borges y Bustos no es más que una anécdota que aprovechan las editoriales para vender los malos libros de un autor coludido a la fuerza con un clásico.   
                En el tránsito de esa década Bustos fue componiendo textos para un libro de poesía pacifista, al mismo tiempo que se estancaba en el tema de las trincheras versificadas. Durante una racha se dedicó a venerar el expresionismo alemán y tradujo a Willhelm Klemm. Sus dos poemas más divulgados fueron uno dedicado al Kremlin y un himno marítimo, gracias al cual fue ubicado como “cantor del mar”. También procuró emplastar prosas poéticas. Su estilo queda evidenciado por estas dos citas: “La Botella lacrada yace entre Témpanos de Hielo en una gran Cubo de Plata con dos Argollas que muerden dos testas rudas de Leones” (en “Paréntesis Pasional”); “Los días son todos de papel azul bien cortaditos por la misma tijera sobre el agujero inexistente del Cosmos” (en “Insomnio”). ¿Habrá que agregar algo?
                Bustos era un percusionista de una escritura que produce empachos. Su credo era la poética extralimitada del ultraísmo que tantos estragos difundió en aquellos años. El ultraísmo a consigna que Bustos y otros ejercieron se trataba de una mezcolanza pedante que retorcía los recursos retóricos de los manifiestos europeos, de donde extraían la metodología y la trama para sus propias deliberaciones. Bustos era uno de esos jóvenes engomados que untaban cárteles en los muros. En México los patriotas estridentistas hacían lo mismo; no por algo en su primer manifiesto, nuestro bienamado autor formó parte de los primeros cinco miembros del directorio estridentista de actualistas dilectos. Su estética se limita a una especie de adaptación americanizada del ultraísmo español, donde se aplicaron las poéticas de la Lugonería y Huidobro con exceso de equipaje. Su poética se derivaba enteramente del creacionismo, pero aun así tenía el descaro de increparlo. Una caricaturización notable hasta para sus artífices. Bustos dice de “Aldea” —uno de sus poemas más ‘logrados’—: “serie de anotaciones... disparatadamente idiotas”. Para calcular uno de sus poemas bastaba que atascara medios renglones con un repertorio sucesivo de metáforas aspirantes. Su principal truco publicitario era esta proliferación. El resto era prolongar este gesto hasta asquear a los lectores y luego vapulearlos. 
                Sus declarados también procuraban la misma gesticulación. Sus principios eran “fabricados en doce días”, según confiesa el mismo Bustos. El propósito de estas fórmulas no era escribir, sino conseguir “escándalos espléndidos”. Bustos fue un vanguardista de pacotilla, meramente profesionalista. Un premeditante. Se congraciaba lesionando a los periódicos con boletines contestatarios donde, obviamente, defendía ferozmente las ideas que en la vida real no le conmocionaban en lo más mínimo. Era oportunista: aunque colectivamente presumía su brillosa medalla ultraísta, en sus cartas lo definía sincerilmente como “pataleo para el cerebro... idiotez estilizada”. Lo importante era contender, estar ensimismado en su ismo sísmico. Sufragar las ideas, improbablemente desarrollarlas. Firmar declarados, emboscar opositores. El archivo familiar registra sus encontronazos pueblerinos con fulanos de nombre Elviro Sanz, Barceló y aun sus tintineos revoltosos contra un tal “Pin”. 
                En la confidencialidad de su correspondencia afirma a un secuaz “En la práctica los dadaístas trampean todo el tiempo, ubican pequeñas acotaciones sexuales para escandalizar a los filisteos”; pero en la realidad se apresura a componer un poema dadaico que redactó agarrado de la mano con otros seis poetas pseudo-sedados, con la esperanza de que fuera contemplado para el muestrario internacional que el capataz Tzara tenía programado. “Por otra parte, ¿te imaginas un dadaísta sin público...?”, continúa ironizando, mientras en otra carta se muestra emocionado porque en Madrid el público aturdió una lectura de sus poemas; la literatura reditúa por los escándalos que provoca. Bustos simplemente literaturizaba, según su propia conjugación. Lo suyo no era una vanguardia sino una imitación del sentimiento de vanguardia. Era un kitschvanguardista.
                Bustos compuso algunos poemarios. Todos son reprobables y bochornosos. En algún momento llegó a publicar un poema, para luego anunciar una prosa novedosa del mismo nombre. Entre los dos textos no había una sola discrepancia, únicamente había cambiado la distribución de los enunciados en forma de versos y luego en renglón seguido. Quizá Bustos supuso que ese tráfico era revolucionario. Su talento mayor se ubica en la reseña amistosa o estrictamente peleonera. La mayor parte del tiempo se reservaba a elogiar a sus cofrades o a sepultar tempranamente a sus contrincantes, tan desconocidos y prescindibles como los de su fuero sentimental. El número de sus reseñas es idéntico a los directorios de las revistas en las que estaba envuelto y al de sus broncas. “He vendido mi alma haciendo un artículo... donde alabo a Torre por lo contrario de lo que ha querido decir”. Doblegaba sus opiniones, porque preferentemente éstas eran intercambiables. En un alegato premuroso anuncia que su ideología letrosa “no es individualista”; para salir airoso de otra reyerta, jactanciosamente la tilda de “individualista”.
                Bustos fue (y en su carrera posterior este rasgo se acendró) uno de esos autores que consuman un estilo que les hace publicidad, hasta terminar mal iniciando a sus lectores. En estos años Bustos hurgaba ese estilo patéticamente. Tener estilo es parodiarse sin malicia, pero con ahínco. Un escritor que posee un estilo se convierte en su propio modelo, y los modelos sólo se pueden seguir para parodiarse; sólo que su aspirante lo hace con tanto fervor como incredulidad. Tener estilo es un defecto que únicamente en unos pocos perseverantes resulta estéticamente provechoso. En el resto resulta masturbatorio, cómico.
                Hay dos apuntes sobre el estilo que muestran y depredan su voluntad de mistificación. El primero proviene de Jerome Rothenberg: “un cambio de estilo no es una revolución”. Con el estilo se apantalla: pero escribir debe ser des-cubrir, no apantallar. No se debe confundir la transacción de la fachada estética de una estructura, con la renovación a ultranza de ésta. Aunque una escritura revolucionaria siempre deviene novedosamente estilística, la aparición de un nuevo estilo no es necesariamente la señal posterior de la previa producción de una revolución legitima. A veces forjar un estilo es la forma de esquivar una subversión auténtica, ofreciendo sólo su apariencia —perpetrándose la sugestión cultural. En el estilo todo es perpetración. El segundo apunte es de Alexandro Jodorowsky: “Aquel que llegó a un estilo y se quedó en él vive auto-hipnotizándose”.
                Bustos no se proponía alterar substancialmente sus materias, sino encubrir con nuevas empaquetaciones el hecho de que todo aquello era ampliamente preexistente. “No pretendemos rectificar el alma... Lo que renovamos son los medios de expresión”. No buscaba renovar realmente, sino simular que decía algo nuevo. Bustos no es memorable, porque todos sus textos los recordamos de otras partes. No es que no sea original, sino que sus textos se reducían a los meros procedimientos que afinaba en ellos. Al escribir nos quiere obligar a reconocer el procedimiento autoimpuesto, y no el contenido remitente.
                Si hay un autor latinoamericano de este siglo, pintoresco hasta la estampa es Bustos, un advenedizo empobrecido por su credo adrede; ultraísta y criollista, pampero e idealista. Filosofante a la primera provocación y extralimitado hasta en lo barroco. Instigador vanguardero y porteño de “falso color local”. La identidad siempre la tuvo indecisa; “Francisco Bustos” nombre de su tatarabuelo, en realidad, fue tan solo uno de los pseudónimos que utilizó un ahora famoso escritor. Nadie, en situación normal, hubiera recobrado y encuadernado sus mediocres textos, y menos —como ha sido— la prestigiosa editorial Emecé, a no ser porque se tratan de los esfuerzos, pinitos y asuetos del joven Borges.
 ©Heriberto Yépez. Febrero 2002

martes, diciembre 6

Los Intelectuales





En un miércoles cualesquiera, el día se encumbró, y con aspavientos, corrió la mañana hasta que cundió la tarde. Ya en la sobremesa, habiendo destazado la labor cotidiana urgente, se volvía una pasmosa calma entre los cubículos, y las voces bajas iban tomando forma sólo interrumpida por ocasionales timbres de teléfonos. Predominaba la charla de moda, el político inepto que ,en plena feria del libro, tuvo una entrevista catastrófica, que le ha causado burlas entre el grueso de la población, adversarios políticos y hasta el soso medio de la farándula  o verdulería de televisión, es igual. 



Hablaban de los chistes que en su honor se han gestado, de la debacle que se le presenta, de su fin como político. No hay nada más errado que los últimos dos tópicos, que en realidad es sólo uno. Si decir tonterías arruinara una carrera política, el ex presidente de México, se hubiera ido un par de años antes del final del sexenio; el político tabasqueño que fuera regente de la ciudad de México, no hubiera competido en 2006 por la presidencia de la republica, menos hubiera repetido la candidatura para el año próximo. Si las metidas de pata arruinaran políticos, el que fuera partido oficial durante 70 años, habría desaparecido antes de que se volviera en nuestra desgracia. 

El ataque a través de medios electrónicos a tan banal suceso, sólo demuestra nuestra poca resistencia a la manipulación. ¿A quien le importa lo que ese galán político lee, o no lee? A mí. Más no hablo escuetamente de la literatura, me interesa saber si lee las cientos de iniciativas de ley que se discutieron durante los seis años que duro su mandato en el estado de México. Me pregunto si ha leído algunas de las miles de misivas enviadas a las diferentes autoridades, de parte de familiares furibundos y tristes, pidiendo clemencia ante la ola de violencia que los azota. ¿Alguien se preguntó si leyó alguna vez la carta magna y sabe, los brutales atropellos que se cometieron en su administración contra pueblos indígenas?

El hecho de que el microblog de 140 caracteres, diga que este político mexiquense no lee, no me divierte, ni siquiera la publicidad absurda de una librería que circula un display de fondo amarillo donde se cuelga del momento, y logra que miles de usuarios lo difundan. Me entristece que las redes sociales estén plagadas de esa violencia, contenida, que surge de la celebración de la desgracia. Es una cadena interminable que sólo ridiculiza a la sociedad mexicana. 

Los duros críticos —que son más oligofrénicos de lo que creen con sus twits denigrantes pero simpáticos— se mofan e indignan por lo aberrante de las respuestas del político, aun cuando jamás hayan leído ni el Ulises de James Joyce, ni el teatro absurdo de Samuel Beckett, ni alguno de los cuatro cuartetos de T.S. Eliot, y son expertos en literatura por haber leído hace 6 meses a Stephen king, a Márquez hace 2 años y haber hecho al menos 5 resúmenes de libros durante el bachillerato. 

Es simple y llana comunicación en dos pasos: la risa elocuente de un tonto, contagia a otro. No importa que en realidad tengamos que hacer algo por el país, y comenzar un nado a cuestas por recuperarlo, no importa. 

Vamos a leer la última de políticos, o de futbolistas o de la tonta de los senos enormes y apellido Conde. Vamos a hablar de estupideces, total, la risa es la mejor medicina para el alma.

viernes, diciembre 2

La pregunta


Una muchacha, mientras agitaba la humedad de su cabello negro, me preguntó incrédula. — ¿Así que tú escribes? —Ante mi casi nula experiencia, fue un halago. Me imaginé en la sala de concierto de Estocolmo recibiendo de las mismas manos de Gustavo de Suecia mi flamante galardón como literato. Generalmente, cuando alguien muestra interés en mis aspiraciones artísticas trato de no pavonearme demasiado ya que un movimiento brusco puede ahuyentar a la victima. Debe ser un sutil manejo y decir dos o tres palabras pretenciosas con ineludible descripción de las mismas, como si consideraras la falta de familiaridad de su léxico. Hablas de los talleres, mencionas algunos tristes pusilánimes locales sin demasiado talento, pero que a diferencia de ti ya han publicado. Relatas brevemente, con una excelsa actuación, alguno de tus textos y para que no parezca definitivo cierras con la frase “Algo así, más o menos... todavía lo estoy trabajando”. Acto seguido, preguntas por las lecturas predilectas del señuelo y hablas con la certeza del momento. Ese manual me ha permitido navegar entre los más incautos preguntones, pero en esta ocasión la chica me dijo — Sí, se ve que te gusta pero ¿Por qué? —

Entonces, me llené la cabeza en un instante decidí que debía hablarle de un sueño de escribir, de lo seductor de la vida de un escritor, de como aunque poco o nada tengas para vestir la ropa más desteñida te etiquetaría de excéntrico, pero eso es lo más banal del epitafio. Debía puntuar la responsabilidad de hablar del mundo, de lo que acontece, de ayudar a que México, a través de sus expresiones artísticas, deje sembrados los testigos de este momento en la historia. De ser referentes para la memoria de las generaciones venideras. Sin embargo, lo que yo escribo no esta ni escasamente dirigido a una denuncia social, ni a la narración de los hechos actuales, son más historias pequeñas que casi no parecen cuentos y se atoran en relatos, pero son cuentos puesto que yo lo he dispuesto, y sobre todo, porque tienen alma de cuento. De temáticas mas sosas encaminadas a deidades femeninas, a largos pasajes urbanos y cotidianos. Cuando hablo, cito viajes y centrales de autobuses, hablo de puestos de fritangas pero nunca de lo que hay detrás de esos puestos ni de donde vienen, y en el caso de abordarlos, son temáticas sumamente locales con signos y significados que solo aluden a quienes conocen el carácter recio de la región.

Cuando era niño, se desbordo el río nazas. El pánico cundió en la población, algunos salían de la ciudad y otros tantos se trataron de proveer de las necesidades mínimas en caso del siniestro. Lejos está aquella venida del nazas, de las actuales experiencias. Atónitos, los comarcanos se agrupan en hordas familiares, para contemplar el tan singular espectaculo del espejo de agua bajo el puente. A mi padre le importaba un carajo, nuestra casa estaba diez o quince kilómetros del río, y para cuando se inundara la mitad de la ciudad, nosotros seguiríamos aburridos sin ver un sólo simulacro. Nunca escribí algo al respecto puesto que no lo viví.

Lo mismo ocurre con lo que escribimos, o medio escribimos, según el caso particular. Tenemos muy arraigada la vida cotidiana y necesitamos un poco más que disciplina para desprendernos. Entonces volví a la pregunta inicial, escribo para contarle de mi vida al mundo que no conozco, o… para contarles del mundo lejos de nuestras vidas, a los que sí conozco. Eso lo aprenderé en el camino, pero "un día llegaremos a América, algún día".

Cómo ser un gran escritor. Bukowski


Charles Bukowski, (1920-1994) Fue un escritor y poeta estadounidense nacido en Alemania. Bukowski fue un autor prolífico, escribió más de cincuenta libros, incontables relatos cortos y multitud de poemas. A menudo es mencionado como influencia de autores contemporáneos y su estilo es frecuentemente imitado.


Tienes que cojerte a muchas mujeres
bellas mujeres,
y escribir unos pocos poemas de amor decentes
y no te preocupes por la edad
y los nuevos talentos.
Sólo toma más cerveza, más y más cerveza.
Anda al hipódromo por lo menos una vez
a la semana
y gana
si es posible.
aprender a ganar es difícil,
cualquier pendejo puede ser un buen perdedor.
y no olvides tu Brahms,
tu Bach y tu
cerveza.
no te exijas.
duerme hasta el mediodía.
evita las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa en término.
acuérdate de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares (en 1977).
y si tienes capacidad de amar
ámate a ti mismo primero
pero siempre sé consciente de la posibilidad de
la total derrota
ya sea por buenas o malas razones.
un sabor temprano de la muerte no es necesariamente
una mala cosa.
quédate afuera de las iglesias y los bares y los museos
y como las arañas, sé
paciente,
el tiempo es la cruz de todos.
más
el exilio
la derrota
la traición
toda esa basura.
quédate con la cerveza,
la cerveza es continua sangre.
una amante continua.
agarra una buena máquina de escribir
y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana
dale duro a esa cosa,
dale duro.
haz de eso una pelea de peso pesado.
haz como el toro en la primer embestida.
y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine, Dostoievski, Hamsun.
si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres
sin comida
sin esperanza...
entonces no estás listo
toma más cerveza.
hay tiempo.
y si no hay,
está bien
igual.