Todavía no cae la tarde y el sol lamprea sobre mi exigua sombra. Estoy caminando, lo hago desde hace mucho tiempo. Mis pasos están cansados de arrastrar tierra, de patear cardos y piedras. La luz me entra por los poros y se va hacia la cabeza mojada de llorar salitre. Hay serpientes que sesean la tierra, crean voces restregándose contra las plantas, gritan miedos al aire. Las veo a distancia sin detener el paso, las veo porque pueden morderme si me meto en su camino, las veo porque es lo único que despeja la mente del deseo de muerte.Ya olvide de donde vengo pero sé a donde voy, hacia delante. Por las mañanas el sol siempre estará a mi espalda y en las tardes sera mi destino, a veces quisiera que apareciera un coyote y me hincara los dientes en la cabeza, a veces deseo solo cesar al suelo, apagar la bomba del pecho y dejar que todo acabe. Ojala una tarántula me penetrara en la pierna, cerca de la ingle, que su borbote se irrigue en mi torrente y detener la marcha.
¿Por qué me quiero morir? Para no llegar. ¿Qué por que no simplemente me detengo? por que no puedo quedarme, este no es mi suelo, sólo puedo detenerme en mi propio suelo, aunque no lo conozca, aunque tal vez nunca lo haya visto. No quiero agua sólo quiero llegar.
Cuando salí de allá de donde vengo, no sabía si iba a llegar, pero tenía que salir, igual como los coyotes que, viejos y heridos, mueren en donde les haya el camino, no buscan casa ni arropo, buscan la muerte para acabar con su miseria. Los hombres somos miserables por que nos gusta ser miserables, somos lánguidos poseedores de vida, no solo la nuestra, poseemos la vida de los demás a través de recuerdo. De vez en cuando nos llevamos rostros, o palabras. Nos quedamos con las voces más bonitas, las que más nos gustan y las apresamos en sacos dentro de la cabeza. No moriré solo, mataré conmigo a toda la gente que me amó y que en mi vida hizo tajo.
La tarde está por caer, la helada habrá de detenerme. Esta noche no encenderé la fogata, tal vez un coyote busque mi abrigo.





