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sábado, febrero 26

Noche

Esta cayendo la tarde, una mala tarde. Estoy empapado en frió, perdí todo mi dinero en una tonta apuesta, mal gaste mis ultimas dos horas en una estación ficticia, este ocaso es un verdadero apostrofe. 

Aún así sigo esperando verla doblar la esquina para olvidar la tarde y comenzar su noche.

jueves, febrero 17

hoy



Veinticinco años es apenas un suspiro... Mis bodas de plata, mi quinto lustro, mi vigésimo sexto invierno.
A través de mi vida he sido testigo de la caída de regimenes, del nacimiento de la informática, de revueltas civiles... y sigue siendo tan poco, memorias que apenas si colman cuarenta o cincuenta cuartillas. 
He tenido cuatro hogares, tres motes, cinco gatos, más de una docena de empleos, cuatro noviazgos, nueve o diez amigos e incontables enamoramientos. 
Pasa el tiempo rapidísimo, recuerdo mi primera cicatriz, la primer muerte, el primer natalicio que presencié, mi primer exhalación sexual.
Hoy que contemplo escasos veintinada años, veo con soberbia las mentiras de mi educación, los sabotajes sentimentales de infante, los altercados ficticios emocionales de los que fui participe y particularmente las decenas de personas que he tocado. No poseo arrepentimientos, secretos que carcoman, ni dios que se enorgullezca de mí.
Cuento con miedos irrisibles, con mentiras convalecientes y errores irremediables.
 Recuerdo con jubilo, los rostros enamorados que he iluminado, los cuerpos que he saciado, los corazones que he masticado, las manos que he estrechado, los semblantes que he evangelizado, los puños que he provocado.
A nadie le interesan con detalle todos y cada uno de mis nueve mil ciento treinta y seis días con sus noches que mi cuerpo ha exhalado, siquiera a mí. Sin embargo esta noche, la noche de ayer y cada noche de mi vida en que con sobriedad y sapiencia he descansado mi cabeza a punto de cerrar los ojos y entregarme al sueño profundo, en las matemáticas del día, en el recuento de acciones, puedo asegurar que cada hora consumada, ha valido la pena vivirla.

Firma Cesar Enrique Sierra

martes, febrero 15

Bajo el colchon

La noche arreciaba y el olor a tedio penetraba el lumbral de la puerta. Un día corto de pocas ocupaciones, más aún cansado por la poca dinámica. Era una tarde intrascendente de oficina, ligera caminata y un par de copas de un vino vagabundo que me encontró hurgando la gaveta de conservas en la cocina de mi madre. A pesar de mi larga estadía parece esta mañana haberse regenerado por completo la casa desde sus cimientos.
La ultima copa en mano, un cigarrillo de contrabando. Arroje mis prendas lejos, y me recosté en la cama, verde y demoledora. Con resortes de una potencia taladrante contra mi espalda, un colchón de mal sueño y peor descanso. Tras rodar de una posición a otra, mi enclenque tono muscular demando un alivio. Desnude sabanas y edredones, disponiéndome a cambiar la cara del colchón. Erguí una esquina, después otra y del fondo de la tarima de madera se descubrió una suerte de papeles desconocidos. Deslice la piltrafa y me arroje sediento al botín. Fotografías, recortes y cartas de amor de mi hermano mayor. Cartas de su hoy esposa, bastante peculiares. Un papel de dimensiones impresionantes que con dificultad y mis cuatro extremidades pude contener lisa para leerla. Nada ostentoso -el contenido, no la forma- ni innovador. Justificando peleas, indesiciones y miedos. Entonces abandone por completo la cofradía y me entregue al cuestionamiento hostil e inhóspito de mi rudimentario quehacer sentimental. ¿Buscaba esposa? No, pero ¿La buscare en algún momento? y de así hacerlo ¿Encarnaría un naufragio pasional endémico y accidentado? O ¿solo rendiré mi aversión al convencionalismo social?

No lo sabre con mayor destreza, aunque, mi vislubramiento palpa lejos de un motín romántico, una negociación para conciliar intereses, un trueque tácito de necesidades coyuntiva que resulte atractivo y compensable. Auque las convenciones utilitarias de una persona socialmente activa son en una diminuta fracción perennes, y por el contrario son particularmente pertenecientes a la cambiante revuelta de emociones dependientes de estados anímicos, comunitarios y hasta patológicos.