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viernes, mayo 25

La revolución desinformada



Ser un agente de cambio es mucho más que marchar y gritarles improperios al régimen. No basta con pintarse de amarillo y correr desnudo por las calles para cambiar el mundo. 

Hoy en día, el tema de moda es la revuelta estudiantil de jóvenes contra un candidato presidencial, acto seguido de la excitación en las redes sociales y la respuesta de sociedad en conjunto. No obstante la manipulación del evento a manos de los terroristas políticos. Es cierto, es una exageración el término, pero de eso se disfrazaron los adversarios políticos tratando de atribuirse el episodio. Algo similar al penoso 9/11 en el que Al Qaeda se proclamaba, desde medio oriente, gestor del duro golpe asestado contra el imperio.
Aquí se discute menos y más, menos honor, (que nada debería de haber honorable en el homicidio de decenas de personas, pero lo hay) y más vergüenza nacional, por merecernos esos candidatos tan pequeños en medio de cráteres tan grandes en los que se encuentra inmerso el país.

Las redes sociales burbujean de actos intolerantes, de ataques clasistas y discriminatorios entre los afiliados de distintas carreras políticas, imitando la línea de acción de sus líderes electorales.

Ahora no basta con ser un ciudadano honesto, orgulloso de su país y respetuoso de los códigos de convivencia. Ya no es suficiente pagar tus impuestos, esforzarte en tu trabajo y tender la mano con gentileza a tus coterraneos. Hoy en día, según un puñado de nuevos revolucionarios, tú eres el enemigo. Si no te envuelves en la guerra sucia, si no mal gastas tu mañana alterando el orden público (porque estás muy ocupado teniendo un empleo que paga la renta) y no señalas a "los otros", a los que no piensan como el movimiento, entonces estás contra el movimiento, estás contra tu país.

La desinformación es uno de los gestores de está revuelta sin ideales. Se enaltecen de repudiar los medios electrónicos y ahora siguen las redes sociales como biblias. Hay una completa creencia dogmática en las publicaciones y displays de facebook.  El rumor se esparce y crece está carencia de información de la que se aprovechan los políticos no Oficiales, con discursos de persecución, de supuestos, de conspiraciones.

Hemos olvidado que los problemas están enraizados en los actos de todos y cada uno de nosotros, en la falta de valores cívicos, en el respeto a nuestra sociedad y los códigos de conducta. De nada nos sirve un presidente del cambio verdadero, si seguimos obteniendo jugosas recompensas personales de la deshonestidad y los abusos de los bienes nacionales; si el poder es un trampolín al beneficio personal y no un servicio a nuestro país. 

Si ser un revolucionario, implica abandonar el respeto a los demás, no cumplir con las leyes y segregar a los grupos sociales más lastimados, entonces hoy he cambiado de bando y me he vuelto conservador.

miércoles, mayo 23

El taxi de Chente


La media noche ya  ladraba fuerte y me acompañaba en la espera, sentado en la sala donde cada tercer día soy visita. Después de un rato, escuché el claxon del taxi anunciando la hora de partir, me acerqué mis chivas, revisé las bolsas y me puse en pie.
Ya junto a la puerta entregué el último beso de la noche, salí al pasillo, esquivé a la mascota que ya roncaba, y al pasar la reja quedé de frente al automóvil marca dodge, de un aparente color blanco y decorado con luces azules, muy elocuentes, que nacían en las ventanas traseras y atravesaban la mayor parte del cielo del auto.

Avancé, algo sorprendido, hacia el carro y pude ver un millar de fotografías al interior. Saludé al chofer y sin poder disimular, clavé los ojos en la leyenda del cofre que rezaba el taxi de chente.

Ya en marcha el vehículo, comencé el escrutinio de las fotografías. En el cielo estaban pegados recortes de revistas, periódicos y poster's del ídolo de la canción vernácula, Vicente Fernandez. Los recortes cubrían por completo el tapiz, así como los laterales de las puertas y la mayor parte de los cristales. En el tablero resplandecían CD's del interprete mexicano, junto a las cajas de cartón que algún tiempo fungieron como portadas de los viejos albums de acetato.

Para coronar el museo móvil, el fondo musical era complaciente con los éxitos del charro mexicano. Al chofer poco o nada le incomodaba mi azoro de tan peculiar escena, muy por el contrario lucía entusiasmado, con una media sonrisa que presumía su fetichista veneración del Chente.

Después de los dos primeros kilómetros, solté un poco el cuerpo. Cedió el asombro y pude reconocer el track musical, que era una de mis preferidas, y se me volcaron encima un par de rostros.
Entonces, faltaban ya pocas cuadras para llegar a casa y sentí que el viaje se quedaría a medias, que mi experiencia no sería consumada en todo su esplendor folclórico, porque si ese fuera el taxi de Chente, no me habría bajado con tanta sed de un tragüito caliente para pasarse el atorón en la garganta de esa canción de los malos amores. 

jueves, mayo 17

Carta revolucionaria



La calesa esta humeando, el camión de pasajeros circula lento con los parados agazapados, frotándose a cada bache de la carretera. Vuelvo de la lujosa oficina con vidrios entintados que enclaustran mi cubículo, con un escritorio enorme con grapadora, teléfono, portaplumas, tarjetero y hasta abre cartas, aunque hoy en día ya nadie reciba correo postal. 

Me paso el día escarbando en correos, forzando la voz suave al teléfono y rascándome la sien a cada cobro que no hemos cubierto, cada vez que un desconocido me grita en la bocina exigiendo su dinero de 6 meses de retraso. El resto del tiempo me dedico a tratar de engañar a un nuevo proveedor, de jurarle que somos la empresa más apresta y formal. 

Al final del día nada me queda, me alegra una sonrisa, una lectura, un chiste en las redes sociales, un programa mal habido, la miseria de otro, más, pusilánime. 

Tal vez un día no llegue a la oficina, tal vez un día huya escondido en una maleta, o en la batea de una pickup con cajas de abarrotes, o quizá un día vaya a la central de camiones y compre un boleto sin regreso. 

Por lo pronto, en cuanto llegue a casa redactaré esta carta en forma de queja, alzaré la voz en el eco de mi habitación y perderé el atavío con un discurso elocuente y motivador. A la mañana volveré a la miseria de los escritorios y los teléfonos gritones.