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miércoles, enero 23

El funeral de mi padre


(borrador)
Cuando el proceso funebre llegó a su fin huí a manquisteapan, a las labores de mi padre, a sembrar frijól. Logré odiar a los campiranos, casi tanto como a los citadinos. La miseria que prolifera es dificil encaudalar a otra cuenca que no sean las necesidades primarias y elementales. El duelo de mi padre fue largo e imperceptible, apenas si se asomaba a reproches a nombre de su excompañera de vida. Ser viudo es sencillo, solo hay que reprimir todos los sentimientos y dejar que te consuman despacio hasta la muerte. 

La casa donde crecimos, mis hermanos y yo, no era del todo grande. Los dos pisos estaban forrados de la infancia de mi madre: la pianola, los estantes de libros, las fuentes, al punto que un día trataron de regalar el comedor para que hubiera espacio suficiente en el ágora de adelante para siquiera poder salir de la casa sin tropezar con jarrones y columnas moviles de marmol.
Cuando mi madre murió, la familia destazó el que fue su lecho de vida. En haras de llevarse un pedacito de ella: las joyas, los muebles y los cuadros terminaron regados en todos los desenfrenos que mi abuelo regó por el mundo. Solo quedó lo derruido por la horda de animales que recibían cáritas de mi anciana madre.
Murió sola, nadie pudo colocarle nunca una correa ni un rosario. Solía decir que los parrocos solo sirven para coger niños y dinero, que las visitas son solo personas ociosas ensuciando otras casas y que el matrimonio es uno solo en la vida.
Tal vez, en el fondo eso fue lo que debastó al viejo, que nunca tuvo un buen argumento para señalarla, al final de cuentas con su muerte, lo jodió a ser el perro desdichado que llevó a la familia al desmembramiento, o como dice la abuela, a jalar cada quien a donde se le hinche un huevo.
Nunca entendí porque nunca se casó el viejo, tenía otros dos hijos, una esposa joven y una enorme segunda oportunidad que dilapidó. En el funerál llevó el traje de bodas y su argolla en el dedo anular, pidió al final que le dieran un momento a solas con la "chata", como llamaban a mi madre en la infancia. El viejo se hizo pedazos y hubo que recogerlo del piso, con las rodillas lodosas y los ojos hundidos en esa caja de caoba. Después de un tiempo, tambien él murió. La casa se llenó de lamentos, pero ninguno como el que él le entregó a la chata.