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jueves, diciembre 16

sin titulo

Era una fresca noche de invierno, con sus cielos profundos, la sonora ventisca y las luces multicolor de los tejados. Azul estaba constelado en su cama, con los ojos clavados en el techo, como si pudiera ver a través de él.
Descansaba su cabeza, sobre su brazo que se extendía de un hombro a otro, con la sonrisa pintada y las mejillas desgajadas. Solo podía pensar en Susy. En su calida risa, en sus adorables dientes  chuecos, en su copete aplastado y su ineludible voz chillona. Esos dulces y excedidamente escurridos besos que constantemente se les escapaba el amor de las comisuras, en un acto de risas simples y cómplices. El muchacho, adoraba esos pantalones ajustados, que él no lo sabría entonces, pero escondía las líneas grabadas desde sus caderas hasta los glúteos, como recordatorio de su abrupto cambio de peso que habría sufrido un par de años atrás. La llevó incontables veces a caminar a la arboleda central, con dieciséis pesos compraban dos vasitos de nieve y se acostaban en una banquita a besarse. Él le mordisqueaba los lóbulos y ella "ingenuamente" se presionaba los senos con los brazos para inquietarlo. Un par de veces dejó sentir el calor de su sexo a su deslumbrado novio, quien le dedicó largas sesiones de amor a solas mientras se duchaba recordando el sostén de algodón y las fricciones voluntarias cuando se quedaban a largo rato besándose. Justo a las siete cuarenta, se enfilaban al boulevard para tomar el autobús. Él, como todo un caballero pagaba el pasaje de ambos y rodeaba su espalda con su brazo que descansaba en los asientos naranjas de plástico, con finas estampas de marcador indeleble.
Si les tocaba demasiado lleno azul debía lidiar con los vívales que aprovechando el reducido espacio, le regalaban a Susy, alguna fricción de sus genitales, o una rosadita de sus manos en las tibias formas de la joven chica. Caminaban tres cuadras hasta la casa de Susy, con sus paradas en el arbolito de la casa morada, la banquita de la estética y el portón azul del doctor González, que más bien es camillero, pero le dan ride en la ambulancia, viste de blanco y su pico largo le ayuda a que lo llamen doctor. Los últimos besos ensalivados ya han sido entregados, Susy llegó a su casa y le dijo adiós con la mano antes de cerrar la puerta. Como cada noche azul le aseguró que se iría en taxi a su casa no muy lejos de ahí para que no se preocupara, pero camino las veintiún cuadras hasta su casa, entonando en su cabeza una canción de amor, con cara de estúpido y oliendo sus manos que guardaban aún su aroma.
Repitieron esa escena decenas de veces, hasta que Susy descubrió lo cautivador que era un amigo de su hermano, y lo cómodo que era tocarse más intensamente en la comodidad de un auto, ahí conoció el sexo oral, los rapiditos y lo bien que se siente que el tubito se pinte azul, para asegurarle que su joven cuerpo aún no alberga un retoño.
Azul, anda por ahí en su ruta 118. Primero con Marianita, luego con Cony, Tita, y Lluvia, en ese orden.
 Sigue anclado en el techo por las noches, con la sonrisa constelada y el brazo detrás de la cabeza, suspirando en su cama.

lunes, noviembre 29

mi espiga...



La ciudad es tan pequeña y calida, que me atosiga. El sol es tan placido que me obliga a ponerme gafas, y sus vidrios tintados me privan del bello paisaje. La noche es tan desierta, que estar solo en las barras de los bares ya no me hace un lobo solitario, sino un loco cualquiera.. Constantemente en mi dormitar camino al sur, donde los vientos son mas espesos. Donde las letras caminan en los empedrados. Extraño extrañar, es extraño.

carta #12

martes, noviembre 9

Prisa

Mario apretaba sus agujetas sentado sobre su cama. Luego abotono de nuevo su camisa, grito a Julián se apurara con su llamada telefónica. Retoco el peinado, reviso la exactitud de su reloj de pulsera, decidió dejarlo, y lo coloco en la mesa café que posa junto a su cama, en el mismo movimiento tomo las llaves del departamento. Volvió a Gritar a Julián con más énfasis estaba claramente inquieto por marcharse. Volvió la vista hacia su calzado, a la camisa, el peinado, roso el rededor del pantalón y sintió por tercera vez llaves, teléfono, cartera, cigarros. En ese preciso orden.

Se encamino hacia la puerta y pronunciando un fuerte toc toc con los nudillos contra la madera grito.

-¡Se nos va a hacer tarde!
-ya voy. Con voz serena contesto desde el interior del dormitorio
-ya voy, ya voy… ¡ya voooy, Ándale! Respondió Mario con una mueca de enfado.

Camino hacia la pequeña estancia, se recargo junto al marco de la puerta por algunos segundos, regreso a la mesa café junto a la cama, y se puso el reloj de nuevo, al instante lo volvió a colocar junto a la caja de lápices. Volvió al lumbral de la puerta y extendió la mano a la manija, al escuchar la puerta de Julián, salió del departamento, bajo la escalera y lo presiono con un grito desde la acera.
Con paso de prisa hacia la avenida, tomaron el autobús. Ya en marcha Mario volvió a cierta cordura, contemplo por algunos instantes los asientos vacios y decidió permanecer de pie, volvió la mirada y encontró atención en una cabellera oscura, ligeramente aclarada por químicos, ceja rigurosamente delineada, parpados hundidos, escote amplio, tetas grandes y mochila en brazo. Con un evidente codazo le informo a Julián el hallazgo, platicaron poco y contemplaron más. Llegaron a la estación, y con paso precipitado pisaron hasta el andén de la línea dos del metro, consiguieron espacio al frente de la apretujada espera, revisaron ampliamente el grupo en busca de algún otro hallazgo. El vagón se hacía esperar. Después de unos minutos de vagar con la vista, comenzaron a escuchar la llegada de la maquina, abordaron y se pararon junto a la puerta. Estaba muy poblado. Descendieron en la estación consecuente y liaron a codazos por bajar primero la escalera, ya en la calle caminaron despacio con desconfianza, con forme aumentaron los pasos, aumentaron la velocidad. Se comieron un par de cuadras y con dificultad entre espera y audacia cruzaron el boulevard que los dividía del gran parque central de la ciudad. Buscaron una taquilla por algunos minutos y avanzaron hacia el norte. En tres o cuatro, cientos de pasos encontraron el acceso. A punto de pagar la admisión y Julián se acerca al enorme cartel con el anuncio de los invitados de esa noche. Lo revisa de arriba abajo mientras Mario le agudiza la falta de tiempo, lanza un par de palabras para apurarlo, y avanza hacia Julián.

-¡¡vámonos!!- Le refunfuño Mario tocándole el hombro.
-¿ya viste? – señalando el cartel.
-¿Qué? –respondió Mario con cara de total incógnita.
-¿Cuándo es el concierto? – cuestiono de nuevo Julián.
- ¡Es hoy!- sentencio Mario aun más enérgico y señalando el enorme cartel - ¿Qué dice? Martes 16 de noviembre.
-Exacto, hoy es nueve.

Boleto y anden

Pagó el vaso de café y tras un par de pasos turbios reposo en el escaloncito de la acera. Era una mañana fresca, que le había obligado a usar un suéter morado con cuello abierto, un recuerdo que hurto de casa de un viejo amigo hace años. La calle ancha dejaba el paso a 5 largas filas de autos, potentes frenadas debido a la muchedumbre que se lanzaba con prisa hacia la estación del metro.

Volvió a sus pequeños sorbos mientras se recordaba aguardando la llegada de la ruta 206 que le llevaría hasta el paseo junto al rio donde se encontraría con su nuevo hogar. Trajo consigo la inmarchitable maleta de piel café, mordida por los años y con el sostén desgastado, con una ruedita de plástico y un hueco donde debiese haber otra, el sol era galante y los pastos altos, la humedad de aquellos días era abrumador, al menos para el viajero recién llegado. Habrían de pasar cortos 6 meses para reservar su despedida, el planeta había inclinado el piso arrojado una nueva ruta para él. Vivió en el sur de la esperanzadora ciudad, laboro como cantinero, administrativo y por un breve periodo como técnico en algo que no comprendía pero le mostro una vida que no deseaba y lugares que no había percibido. Enamorado de la brillante arquitectura, de los manojos de gente, de los montruos residenciales, de la corta vida inútil de la noche, de los enormes parques y los lujosos restaurantes, de los teatros y auditorios atiborrados de artistas, de poco valor pero reconocidos por el grueso como artistas. Encendido por las bravas avenidas, los engalanadores paseos públicos y las extranjeras bellas.

Gustó de sentarse a cunclillas en la azotea a contemplar la altura y la majestuosidad de la luces de la ciudad, de sus grandes edificios dibujados como en caricatura antigua, con la montaña que los protegía, los hormigueos de automóviles, y las contaminación asfixiante de carteles, anuncios y espectaculares. Habrase visto jamás un lugar tan inundado de mercadotecnia. No contemplo nunca un amanecer, el dia que lo hizo estaba ciegamente embrutecido con licor como para recordarlo. Conoció menos de lo que quisiera, y mucho más de lo que podría.

Hoy poseía un boleto de regreso, y un par de hojas blancas donde magnificaría las historias que no ocurrieron y socavaría las lamentables que han de pasar desapercibidas para el interés cotidiano. Como el hecho de que bebiera un vaso de café o que solo hubiese imaginado comprarlo para hacer más nostálgica la despedida.

miércoles, octubre 20

Be a i ele e

La apacible desesperanza, de piernas cruzadas y chamarra ligera aguarda en el andén cuarenta y tres de la estación de autobuses, esta en la banca azul con el descansabrazos quebrado, arrojando las colillas, junto al paredón de los mochileros, contemplándome con total sodomía y falta de amor.
Otra vez el mismo, innecesario e histriónico camino de los pañuelos blancos, de las promesas desinteresadas y de las canciones de duelo. De las pomposas mentiras, si es que califican como mentira y no como una aberrante ingenuidad.

Otra vez, echo el saco en lomo y comienzo a caminar.

domingo, septiembre 12

Antes Meridiano

Hoy, hoy te volveré a escribir a ti, ¿Esta es una despedida? no, eso ya lo hice. ¿Una carta pos-mortem? ¡Ya también!... esta es, una nota mental, pero como mi mente esta bastante diluida, la transcribo. Te ocuparé minutos de mi amanecer, como un recuerdo mesurado, cuando añoras haber compartido el momento. Como cuando infame te paras frente a tu vociferar de lo todo hecho y pausas, develas algunos segundos a la memoria de los ausentes y los acaecidos.
¡Adorable mujer! inteligente, brillante, carismática, falta de cordura, ¡desmesurada! ...atropellas la tempestad... Tenías tantos llamados para mi rodaje, la escena del concierto, la de la boda, la de la cinta, la del andén diciendo adiós. El brillo del amanecer casi ha inundado el cielo, se desvanece el fantástico gris de una mañana que esta a punto de estallar en el llanto de un neo-nato en sus primeros segundos de vida. Se me dibuja la sonrisa y me encanta tu recuerdo. Estoy tan feliz de que existas, y mas de que lo hagas en un reino muy lejos de mí. De que seas un ser real, te juro que casi creí que te invente, hasta hoy. Hoy al escurrir tu mirada a otra parte que no fuera mi camino para no obviar mi presencia, me hiciste sentir que no he sido un signo intrascendente en tan delicioso brebaje de palabras. Honor a tu ausencia. Un abrazo a todos! La mañana ha nacido. ¡Es una niña! Fantástico día que apenas gatea frente a mis ojos. Buen día... sobre todo a ti. A ti te regalo esta mañana.

Escrito #16

martes, septiembre 7

La calle ancha

Marcos era un muchacho sin muchas aspiraciones idílicas de su rutina. Era un muchacho que poco compartía con sus contemporáneos, carecía de un agudo sentido de desconfianza, sin embargo era hermético, solitario. Desconfiaba de las tecnologías y le gustaba el olor a cabello quemado, la tinta fresca que se adhería en sus dedos y el crujir de las cebollas abrazadas en aceite sobre el sartén hirviendo. Estudiaba recursos humanos, aunque despreciaba la forma en que debía ver el capital humano, como sacos, peor aun, como cabezas de ganado, aprender a dosificarles el agua, a esconderles alfalfa y a echarles ocasionalmente un animal a ladrarles para atosigarlos cuando debe evitar que piensen individualmente y no como colectividad. Marcos tenía un padre rico, uno pobre y uno muerto. El primero el esposo de su madre desde hace un par de lustros, el segundo el carpintero de su pequeña ciudad natal quien le dio su primer empleo y doscientos veinticuatro pesos como recompensa a su sudor de una larguísima catorcena, eso y un extraño gusto por las canciones de talacha bonachonas y con contenido sexual muy fuerte. El último su padre biológico, muerto en el intento de cruzar la frontera, se fue cuando Marcos tenía cerca de seis años, y murió cuatro años después de una enfermedad venérea. Nunca pudo llegar a los estados unidos, siempre que lo intentaba allá en Juárez se le atravesaba una puta o un botella de ron. Su madre siempre lo educo como un muchacho de buena cuna, aunque marcos era aguerrido en usar siempre pantalones rotos y tener los codos llenos de mugre, tiraba a la basura el dinero que le daba el padrastro, orinaba los juguetes que le obsequiaban, y en cualquier viaje, siempre terminaba perdido.
Se mudo a los veinte años donde su tía hermana Guadalupe, para poder entrar a la universidad publica de la capital, otro rancho tan pobre como su pueblo de nacimiento, pero con escuelas y más puteros. Marcos siempre deseo ser como Don Paco el carnicero, todos los domingos se instalaba en la calle principal, con su bigote peinado y las ropas blancas a vender barbacoa, aunque todo lugareño, lo tachaban de ladrón, miserable y poco despierto para la presión, en su comunidad no lo decían con tanta propiedad. Siempre tenia perros cercanos al negocio, unos juguetones otros medio bravos, pero todos fieles al doctor de las carnes. Marcos gustaba de comprar 4 pesos de pulpa molida, era menos de un puño y se lo echaba en la bolsa del pantalón, para que los perros lo olfatearan y así robarle la atención de los animales. Así lo hizo cada domingo durante largo rato, hasta que a su madre se le acordó que era una santa y que tenían que ir a la iglesia antes del medio día, a la hora que va la gente decente, entonces ya no podría salir temprano de su casa, para no ensuciarse las ropas de domingo, un día noto que ya no se congregaban tantos perros, le pareció extraño que cada domingo hubiera uno menos, tal vez se iban uno a uno a otro lugar, nunca lo entendió.
El Zaguán de la casa tenía pacas, bultos de hierba fresca y costales de arroz, ahí llegaban los señores de las labores a aventarlos cuando el sol empezaba a cabecear del cansancio de un día de trabajo duro en el campo. Ahí paso el mayor tiempo de su infancia escondiéndose entre las hierbas, del enemigo guerrillero que le apuntaba con gritonas escopetas, como la del tío Juan, color negro, con la cacha toda partida y una calcomanía que vivió antes en una bolsa de frituras. Una vez la había cargado en año nuevo, la llevo del comedor al patio para que don Juan le dispara a las latas que ponían en la barda, nadie contaba con la clara perdida de habilidad, del experimentado escopetero cundo se empinaba la botella. Los dos primeros tiros perdidos no causaron tanto revuelo como el tercero que fue a dar al tambo de disel, que causo un alegórico accidente. Ese año nuevo fue cuando llego Javier de Oklahoma, le trajo unos walkman y dos cassetes de los Doors, originales. Javier era bastante feo y presuntuoso, cuando llego deportado traía consigo más de 3 anillos de oro brillante en cada mano y una cadena también de oro oxidada y amarrada con un arillo de las llaves porque no tenía el broche. Marcos aun conservaba los audífonos, se los ponía a diario aunque no tuvieran pilas solo para evitar entablar conversación con cuanto se topaba, conocido o no. Siempre fue miedoso de las multitudes, siempre evito el rose cuerpo a cuerpo con los demás, sin importa el motivo del aglutinamiento. Se enamoro dos veces, la primera de su prima la claudia, le gusto incluso después de su segundo hijo, todavía se masturbaba pensando ella, en la vez que fueron al río y sus frescos senos húmedos y erizos se dibujaban debajo de la blusa blanca con un nudo en la espalda, o cuando la vio en casa de su abuela mientras se pasaba una servilleta por el pecho para limpiarse después de amamantar.
La segunda vez que cayo enamorado, fue en el camión de ruta, cuando iba camino a la universidad comunitaria del estado. Ahí vio a una pecosa, con huaraches blancos, no muy nejos, una falda corta apretada en la parte de las notables nalgas, mostraba una cicatriz grande por encima de la rodilla a lo largo del exterior del muslo, y una blusa de botones blanca, con la palabra bebe al frente, delineado con piedritas brillantes, ya no tenia muchas pero la palabra se entendía por los sedimentos de pegamento que todavía se notaban en la blusa. Marcos la contemplo largo rato hasta que la chica abandono la unidad justo el instituto de secretariado Madre María Elena, en la Plutarco Elías calles esquina con Presidente Miguel Alemán.
Al salir de la UniCE como le llamaban popularmente en la ciudad a su casa de estudios, caminaba por toda revolución hasta llegar a Miguel Alemán, y se sentaba en los jardines del Marielena a arrancar el pasto y dibujar en su cuaderno, A veces le pedía siete pesos a Fabián el cabezón, para comprarse unas conchitas en la Michonieves y ahí se acostaba en las jardineras para esperar a la pecosa. Todo el segundo año esa fue la rutina. Ahí conoció a azucena, o suci para sus compañeras del secretariado, sostuvo con ella un bienaventurado romance, durante casi cuatro meses hasta que ella metió a una notaria, donde no estuvo mucho tiempo trabajando, la corrió la esposa del licenciado González cuando la encontró de rodillas con la blusa abierta y la boca llena.

Fragmento...

martes, agosto 31

confesión


Qué por qué deje de escribir en este rinconcito? Por que la chica que me contaba las historias, se murió.

jueves, agosto 19

Quote

...eres mi mejor verano.

domingo, agosto 15

Nota postuma

....Ojala que nunca te mueras, ojala que no se te olvide esta voz, ni estos labios.
Espero que con bien, seas octogenaria plena, tierna y vigorosa aún. Que mientas un poco menos, que quieras más, que conserves el brillo. Que todos estos años juntos...
¡Sí! ya sé que solo fueron una semanas, con suerte un par de meses ¡Pero con un carajo! ¿No puedo despedirme de ti en mi lecho de una forma decente? ¿No puedo exhalar mi último suspiro acariciando tu nombre antes de convertirme en uno con tierra y gusanos? -¡sí! también sé que no me estoy muriendo, y ¡No! no te estoy chantajeando...

¿Qué no puedes entender que necesito que hayas sido en mi vida algo más que un instante? ¿No ves que estoy tratando de ponerme la soga ficticia de poeta sobre mi alicaído cuello de alquitrán y bebida? Déjame que le cuente a los demás de tu existencia, como la magnificente imagen que concibieron mis ojos y que construyó mi mente, ¿Es un pecado que sea una verdad constipada? 

Déjame hacer un drama, total... a ti ni siquiera te importa.

lunes, agosto 2

vociferación

Las cosas nunca habían sido claras, ni siquiera ahora. Un momento de pensar en cosas absurdas, inciertas, mundanas, cosas que están y a veces desaparecen, cosas que van y que a veces no vienen.

Solía pensar la acusación -que he sido presa en consecuentes relaciones interpersonales- de mi abandono, no era en realidad un abandono, sino una falta de cautela de la otra cara de la relación. una falta de la precaución de saber que todas las cosas en la vida tienen caducidad, de saber que nada es para siempre, de saber que las cosas de pronto acaban y por eso debes tenerlas firmes, seguras, convincentes, felices, mas no amarradas a ti, sino en vista y en tiempo. Solía pensar que esa despreocupación, era lastimera hacia si mismo, que yo no era el culpable de deslizarme lentamente hacia una zona segura, alejada de ellas. Solía pensar que siempre obtenía la mejor parte del trato.
Ahora ansiedades de la vida y cosas del destino me toco estar del otro lado, me toco ser el acogido del desconcierto, el vorágine buscador de respuestas, el insaciable depredador de verdad, y no una verdad universal, una verdad pequeña existente, clara, traslucida, una verdad que me diga en que momento se fracturo todo, en que momento dejo de existir, en que momento se fue y en que momento se quedo, que me haga saber con precisión como fue que paso. Estoy seguro que no fue nada de lo que haya dicho hecho o pensado, pero también estoy seguro que estuve en el justo momento de esa fractura.
Es un hueco impresionante, es un hormigueo perturbante en cada extremo del dedo, es sentir la nada, es un alarido sin forma, es un silencio incomodo, es un golpe innecesario a la nada en ningún momento, el problema fundamental no es que es, si no todas las cosas que no es.
Solía pensar muchas cosas, que hoy sigo pensando, pero me es muy útil cuestionarlas.

domingo, julio 25

Quisiera


Quisiera ser mas como florentino, y menos como el Gabo, quisiera saber capturar en un instante la tibia exhalación de tu boca, y reproducirla en mil párrafos diferentes cada noche, quisiera ser objeto de tu contemplación, y que al encontrar mis ojos, los esquivaras, como cuando hablas de algo importante.
Quisiera... quisiera amalgamar mi letra, a mi inefable enamoramiento y estrecharte en deseo, en una violenta concatenación de tu cuerpo a mi pensamiento. Quisiera que la certeza de tu compañía me agobiara. Quisiera que sintieras mis manos a cada pulsación de mi escritura, como delicados golpeteos en tu pecho. Quisiera, escribir en ti cada una de mis palabras, que te atravesaran el semblante y las apropiaras como vorágine de mi espera.

jueves, julio 15

paréntesis.

(...me siento como mi reloj de pared, el que esta colgado en el cuarto. Lo compre hace dos navidades, era un obsequio para mi tía, pero me gusto tanto que nunca lo regalé. Lo tenia justo en la entrada de mi departamento en Torreón. Lo saque de una caja de la mudanza y lo colgué de un clavo viejo en la pared de mi nueva habitación. Siempre marca las tres con veintiún minutos, a cualquier hora del día, cualquier día, sin importar su estado de animo. Siempre son las tres con veintiuno.
Supongo que si le cambiara la pila avanzarían sus manecillas, ¿pero si esta roto?¿si al cambiarle la pila descubro que se ha descompuesto? Entonces sabría que ya no es un reloj, sino un pedazo de basura colgado en mi pared, decorado mi habitación.
Salgo a la calle y siguen siendo las tres con veintiuno, aunque oscurezca. Aunque camine durante dos horas, pareciera que en este momento el tiempo no pasa por mi. He pasado dias enteros entre mis paredes sin enterarme si hay lluvia o sol, si ya es la hora de dormir o de comer. No estoy encerrado, estoy en resguardo, hasta que aparezca algo mejor.)

jueves, julio 8

morelos esq. diego de montemayor.

 Hace casi un mes que me mude a la gran metrópolis, oriundo de una orgullosa y vehemente ciudad pequeña del norte de mi país, renuncie al todo por el nada, como recita la expresión popular y fui poseso por el rotundo temor a ingresar a tan temprano tiempo al túnel infranqueable de la rutina sedentaria y madura. Esa a la que nadie debería escapar, y que según mi madre, es un compendio de decisiones acertadas y un temperamento sólido infravalorado. Mi nueva sede es un macro-organismo, un ser viviente, que respira y secreta, tan grande en ponderación como su extenso territorio, tan inalienable como su misma existencia en la historia de lucha regional. No es la tierra prometida, ni una embestida romántica. Es, por el contrario y por el mismo lado, una desvivencia, un desaprendizaje. Diseñé el script a pocos pasos anteriores a zarpar la desconquista –entendiéndolo como una ganancia del anonimato-sin embargo, dejé la aparición más lucida de los últimos meses de mi vida, a discurrir entre el amenazante olvido, o el incomprensible fracaso. Aquí aparece ella. Perpetua, inmutable, joven. Una mezcla de ingenuidad y gallardía, intempestiva y bramante. El script lo pensé como un ser frágil a los cambios inmediatos, adicto a una constante trasformación, inresidenciable, apetecible al jugar de los dados, de las monedas de cara o cruz, a cualquier azar. ¿Dónde está ella? Aquí mismo, junto a mi pensamiento y a mi desorbitable pasividad. Ella, me enamore de ella en su arropar en una estación ficticia, de plástico intransigente. La vi en la plaza, otra vez en la plaza, y de nuevo en la plaza. El sitio más encantador y polifacético del planeta cuando es privilegiado con su presencia, la de la quebrantadora pasividad. La que me vuelve frenético, soñador o dócil con un ademán. No, en definitiva no es mi redención, sino mi fanaticada, mi abnegado aprecio, por una pieza tan única, tan errónea, tan perfecta. De comisuras cerradas, ojos profundos, silueta tallada y pelaje húmedo.
La recuerdo sonriente, y consecuentemente en los hechos y tiempos, frases como, ¿la nueva ciudad es para siempre? Y mi casi quebrantable ferocidad, ahincando la respuesta. Nunca me pidió que me quedara, nunca me pidió que me marchara. Más me ahondo en la más única e imperturbable ilusión. Contemplo su mórbida eternidad. No es tu enigmático sexo, o tu vigorosa aparición, no son mis extralimitadas añoranzas, ni mi sinvergüenza exaltación, por lo bellamente corroído. No es tu piel, ni tu cadencia, tu trato afable, ni tu mísera incondescendencia. No es tu arrojo, ni tu dulzura. Eres tú, completa, no de medula a glándula, no sanguínea y conmensurable. Tú, la dócil voz, el impetuoso espíritu, tu constante ausencia, tu apacible y demoledora mirada, tus marcas de desvelo, tu monstruosa compatibilidad al borde de una blasfemia. Tu cálido e irrenunciable llamado, tu eternidad, Tú. Mi desvergonzado y alarmista animo, mis ansias de devorarte, mi especulante espera. Tu anomalía y tu indispensable existencia

(fragmento)

Escribo, para que tal vez no lo entiendas, para que no notes mi añoranza, para que lo leas y acaricies con una mueca mi recuerdo.

miércoles, junio 30

Bitacora #2

La Luz tibia de las candilejas sobre paseo sin nombre, los poros húmedos, y la ropa seca a pesar de la lluvia. Mis zapatos destruyendo la cadencia en que las gotas precipitantes concatenan, con los diminutos océanos, en los huequitos del asfalto. Alegrando el letargo de la bolsa de galletas olvidada bajo la banca, el viento le concede la pieza no bien tocada, en la que participa la estridente gotera del estanquillo, el salpicar del neumático, y mi intermitente respiración.
Faltan aún seis cuadras. Faltan aún, siete suspiros, diecinueve muecas. Ya debes estar revuelta por las ansias, contemplando fijamente mi llegada, debes ya haberte arrancado a jirones la blusa. Casi te imagino, en la esquina de la cama, abrazando tus piernas besando con tu mejilla el corrugado de la rodilla, con tu cabello negro pendiendo como cortina hacia tus costillas. Vistiendo tu sonrisa, que combina perfectamente con tu ropa ligera de cama.
La puerta de mi departamento grita mi llegada, arrojo el maletín junto a la caja que se cree perchero, pise -sin quererlo- la sala, compuesta de una alfombra sucia y tres cojines con aún menos suerte.
Perdoné la vida de la cucaracha -que jugaba en la cocina- por la premura de abrir imponente la puerta de la alcoba. Puse la Palma firme al centro, y con gran fuerza la empujé, se me dibuja la sonrisa al ver la cama, me acerco silencioso, cauteloso, acechante, encajé la rodilla en el colchón, me deslice lentamente hasta el lugar preciso donde debería estar tu piel dura, donde debería estar... Otro día más.
Que olvide que no te resguardo en mi cama. Disco mi número favorito y descubro tu voz, me regalas un silencio y vuelves a aparecer en la orilla de la cama, con tu ropa ligera, y tu mejor sonrisa. Como cada noche, como ninguna otra noche.

lunes, junio 21

Abacería

La plaza completamente poblada de ausencia, el verde árbol, perfectamente enfilado al igual que sus doce o quince compañeros, contemplándolo, dudándolo. Él, esquivándolos con la mirada, apenas si alcanza a ver el asfalto contenedor de la plaza.
El sol, es redentor al filo de la abrumadora tarde, los mosquitos rondan, acechan y muerden, el sudor brota, desde las ropas hacia los poros de él, quien impaciente espera se rompa el culto.
- ¿A que hora llega? se pregunta- y con tan solo unos minutos de retraso, se incomoda, alarga el cuello, achica las uñas con los dientes.
Luís esta esperando, no desbordado como las ansias de la primera vez, cuando la conoció, aquella cuando en la estación, desarmado, veía el teléfono, contemplaba el rededor, se subía a una banca para ver mas, le llamo con el pensamiento cada 19 segundos, se desplomaba en sudor, sudor no de verano, de ansiedad, le sacudían las manos, encendía un cigarro y casi al instante lo arrojaba -voy a oler- se llevo goma a la boca para disimularlo, arranco unas hojas y se quedo a esperar. En la estación, su aletargo fue por treinta, o cuarenta minutos, quizá dos días, al menos a el le pareció así, una eternidad de instantes para su llegada. Ana es bella, es espontánea es un mar en medio de la tormenta, arrojado, intempestivo, desprovisto de cualquier pronostico, veintinada años, con ojos profundos surca el silencio, transgrede la estabilidad, el encierro. Se conocieron sin atención, y con la misma despreocupación se tropezaron. Un día la tomo de la mano, pensó que solo la llevaría al otro extremo de la calle, y cuando pisaron la acera, el ritmo del corazón ya no era el mismo.
... La plaza parece imperturbable, a su espalda escucha pisadas, hojas secas, Luís volvió la vista esperando fuera ella, y solo encontró un par de perros olfateando entre los lacerados troncos de la plaza. la tarde avanzo pocos minutos, y escucho de nuevo ruidos, ya no volvió la vista, hasta que estuvo muy cerca, ella había arribado, La contemplo algunos instantes hasta pegarse completamente a el, en un sutil, tierno y cotidiano beso.
-¿Me esperaste mucho?- Le pregunto Ana con su constelada sonrisa.
-No, recién llegue- Le mintió amablemente, aunque el mismo Luís sabe, que sus mentiras son jocosas imposibilidades, jamás habría de ocultarle algo a Ana, sin que ella lo oliera en el instante, en parte el era mal mentiroso, en parte ella conocía sus parpadeos. Era, Luís y Ana.



Borrador #uno

lunes, junio 14

Lunes

Mi diario

La luz, el teléfono, los minutos, el cepillo de dientes, la ducha, los huevos, jeans, ruta 209, el metro, la chica me saludó, el corporativo, mi identificación, la platica innecesaria, paseo de los leones, el sorbo de agua, la agencia, el director, el casting, vestidos, documentos, mi firma, el teléfono, mi ex-jefe y hoy colaborador. La avenida, el metro, ruta 209, edificio, escalera, puerta, estufa, arroz, soccer, súper, plato, detergente, cigarro, cama, televisión, videojuego, ella, mi teléfono, su numero, su voz, mi sonrisa, mi añoranza, los planes, su madre, su adiós. Mi compañero, la televisión, la charla, invitados, su música, mi pensamiento, ella, mi pluma, la servilleta, el bote de basura, mi pensamiento, ella, mi pluma, ella, la hoja, ella, mi sonrisa, mi pluma, ella.

Página #2.

martes, junio 1

Litosfera

Al espejo.

Treinta y nueve minutos con una hora, ciento cuarenta y cuatro horas, y tres días. El inefable silencio de la noche me recuerda la montaña. Veo la montaña con el asombro de un niño que no conoce mundo, que descubre la inmensidad, que obtiene su primera noción de lo inmortal. Trepo alto hasta que siento miedo, no miedo a caer, si no por el contrario, ha seguir subiendo y nunca detenerme.
Me siento en la cúspide, abrazo mis rodillas y siento tu sonrisa, me acaricia un instante tu aroma, parece que el aire lo trae hacia mí. No siempre te tengo en el pensamiento, no siempre me despierto deseando tu voz. Me falta el aire, no es la altura, no es tu inmensurable existencia. No es la realidad.





domingo, abril 11

Quote

Tu risa, y no tu cuerpo, es una extensión de mi voz.