Crecí tratando de ser diferente. Mi ropa, mi cabello, las palabras y gritos que pronunciaba, mis intereses y charlas estaban orientados a llevarme lejos de las multitudes. Los quereres que procuraba, los amigos que compré, los que quise y también los amigos que perdí fueron testigos elementales de una búsqueda. Mi trato con la familia y mis comentarios malintencionados acerca de la estructura familiar dinamitaron los montes que —aseguraba — no quería contemplar en el horizonte.
A palabras de uno de mis mejores amigos, siempre fui como un Darth Vader sin capa. Me seducía el lado oscuro de todas las cosas, en especial los caminos no transitados. Siempre he mantenido mi predilección por los gustos e intereses menos elegidos. Yo apoyé al peje cuando no era tendencia, cuando todos en mi ciudad decían que era un chavista, luego lo abandoné cuando todos mis conocidos y amigos se volcaron en su causa a través de redes sociales, y no solo me distancié del camino sino voraz roí su cuello con todas las deficiencias que conocía por haber defendido la causa. Así amé y abandoné el teatro, la literatura, el cine, el té, las bicicletas, los conciertos de música, las estaciones de radio alternativas, las expresiones sui-generis en la cultura, el socialismo, el PRD, Gabriel Figueroa, la máquina de escribir, el Necaxa, el tenis, las sustancias alucinógenas con fines recreativos y mi siempre punzante outfit que rehuía de la despersonalización, entre muchos otros tópicos.
El modus operandi siempre era el mismo, llegaba a estos lugares que me parecían vírgenes y desolados, evidente razón del por qué los abordaba, retirándome cuando se volvieron lugares comunes, por supuesto que al marcharme traté de dinamitarlos — casi nunca lo logré —.
La vida es justo ésta que elegimos. No hay un solo acto, situación, gloria o tragedia que me haya sucedido por enmienda de la suerte. Siempre en cada una de estas escenificaciones se tiene la oportunidad de decidir e incidir en el resultado personal. Es decir, no puedes evitar que un tipo asalte, pero puedes elegir no estar en el camino directo de una bala. Siempre tenemos opciones.
El día que por primera vez vi llorar a una chica a causa de mis actos supe que así lo había decidido, sin pensarlo, pero eso perseguí. Pude haber elegido solo desaparecer cuando las cosas no fueron favorables, pude haber sido amable y ser disciplinado con mi negativa, en lugar de tajante e indiferente para provocar su orgullo. Pude haberme diluido en un mutis gris pero quise mostrarme gallardo y estoico. Pude haber elegido dar esa carta, que me envió llena de melancolía y sentimientos equivocados, por perdida y no aparecer lastimosamente a devolverla. Pude haber elegido no convocar un novelón de llanto y drama, no ser ese protagonista que tiene que ser fuerte por ambos y largase sin doblar las rodillas al tierno llanto. Aunque no de forma premeditada pero así lo hice, porque así lo decidí.
El frio distanciamiento no vende. A nadie le importan las historias cuerdas y sensatas, la separación sin caudales de histrionismo y desapasionada nos crea la sensación de abandono y olvido, como si no importáramos. La vida —o nuestras compañías— nos han enseñado que cuando se pierde algo importante y duele hay que tirarse a berrear, hay que demostrar que tenemos la sangre expuesta y no limpiarla sino dejarla brotar hasta que sea evidente el peligro de muerte. Volvemos a tener la oportunidad de elegir.
El fin inmediato debería condenar un No voy a quejarme de ningún infortunio, desamor o desgracia, aunque al tipear aún me siento distanciado, confuso y con la mayor opacidad de mi futuro. No tiene ningún sentido culpar a alguien más por mis errores o aplaudir a otro las tomas asertivas porque —a razón del poco sustentado argumento, y de no haber cambiado mi postura llegar al último punto de este texto— sostengo mi juego pegado a la banda hacia donde corrí en ese ir y venir de intereses, con mi capa negra y mi membresía de la estrella de la muerte en el bolsillo.
Hoy dormiré con la decisión de abrazar y aprobar todas mis decisiones, erradas o no, consecuentes o solo plasmadas en un blog. Hoy abrazaré la almohada y soñaré con volver a ser todos los roles y disfraces —de nombramiento, palabra y acto— de mi temprana edad adulta. Quizá mañana los abandone pero hoy los dejaré dormir en mi cama.
Soy Enrique Sierra, el incongruente del barrio —que no es mi barrio—