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martes, noviembre 9

Boleto y anden

Pagó el vaso de café y tras un par de pasos turbios reposo en el escaloncito de la acera. Era una mañana fresca, que le había obligado a usar un suéter morado con cuello abierto, un recuerdo que hurto de casa de un viejo amigo hace años. La calle ancha dejaba el paso a 5 largas filas de autos, potentes frenadas debido a la muchedumbre que se lanzaba con prisa hacia la estación del metro.

Volvió a sus pequeños sorbos mientras se recordaba aguardando la llegada de la ruta 206 que le llevaría hasta el paseo junto al rio donde se encontraría con su nuevo hogar. Trajo consigo la inmarchitable maleta de piel café, mordida por los años y con el sostén desgastado, con una ruedita de plástico y un hueco donde debiese haber otra, el sol era galante y los pastos altos, la humedad de aquellos días era abrumador, al menos para el viajero recién llegado. Habrían de pasar cortos 6 meses para reservar su despedida, el planeta había inclinado el piso arrojado una nueva ruta para él. Vivió en el sur de la esperanzadora ciudad, laboro como cantinero, administrativo y por un breve periodo como técnico en algo que no comprendía pero le mostro una vida que no deseaba y lugares que no había percibido. Enamorado de la brillante arquitectura, de los manojos de gente, de los montruos residenciales, de la corta vida inútil de la noche, de los enormes parques y los lujosos restaurantes, de los teatros y auditorios atiborrados de artistas, de poco valor pero reconocidos por el grueso como artistas. Encendido por las bravas avenidas, los engalanadores paseos públicos y las extranjeras bellas.

Gustó de sentarse a cunclillas en la azotea a contemplar la altura y la majestuosidad de la luces de la ciudad, de sus grandes edificios dibujados como en caricatura antigua, con la montaña que los protegía, los hormigueos de automóviles, y las contaminación asfixiante de carteles, anuncios y espectaculares. Habrase visto jamás un lugar tan inundado de mercadotecnia. No contemplo nunca un amanecer, el dia que lo hizo estaba ciegamente embrutecido con licor como para recordarlo. Conoció menos de lo que quisiera, y mucho más de lo que podría.

Hoy poseía un boleto de regreso, y un par de hojas blancas donde magnificaría las historias que no ocurrieron y socavaría las lamentables que han de pasar desapercibidas para el interés cotidiano. Como el hecho de que bebiera un vaso de café o que solo hubiese imaginado comprarlo para hacer más nostálgica la despedida.

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