Era una fresca noche de invierno, con sus cielos profundos, la sonora ventisca y las luces multicolor de los tejados. Azul estaba constelado en su cama, con los ojos clavados en el techo, como si pudiera ver a través de él.
Descansaba su cabeza, sobre su brazo que se extendía de un hombro a otro, con la sonrisa pintada y las mejillas desgajadas. Solo podía pensar en Susy. En su calida risa, en sus adorables dientes chuecos, en su copete aplastado y su ineludible voz chillona. Esos dulces y excedidamente escurridos besos que constantemente se les escapaba el amor de las comisuras, en un acto de risas simples y cómplices. El muchacho, adoraba esos pantalones ajustados, que él no lo sabría entonces, pero escondía las líneas grabadas desde sus caderas hasta los glúteos, como recordatorio de su abrupto cambio de peso que habría sufrido un par de años atrás. La llevó incontables veces a caminar a la arboleda central, con dieciséis pesos compraban dos vasitos de nieve y se acostaban en una banquita a besarse. Él le mordisqueaba los lóbulos y ella "ingenuamente" se presionaba los senos con los brazos para inquietarlo. Un par de veces dejó sentir el calor de su sexo a su deslumbrado novio, quien le dedicó largas sesiones de amor a solas mientras se duchaba recordando el sostén de algodón y las fricciones voluntarias cuando se quedaban a largo rato besándose. Justo a las siete cuarenta, se enfilaban al boulevard para tomar el autobús. Él, como todo un caballero pagaba el pasaje de ambos y rodeaba su espalda con su brazo que descansaba en los asientos naranjas de plástico, con finas estampas de marcador indeleble.
Si les tocaba demasiado lleno azul debía lidiar con los vívales que aprovechando el reducido espacio, le regalaban a Susy, alguna fricción de sus genitales, o una rosadita de sus manos en las tibias formas de la joven chica. Caminaban tres cuadras hasta la casa de Susy, con sus paradas en el arbolito de la casa morada, la banquita de la estética y el portón azul del doctor González, que más bien es camillero, pero le dan ride en la ambulancia, viste de blanco y su pico largo le ayuda a que lo llamen doctor. Los últimos besos ensalivados ya han sido entregados, Susy llegó a su casa y le dijo adiós con la mano antes de cerrar la puerta. Como cada noche azul le aseguró que se iría en taxi a su casa no muy lejos de ahí para que no se preocupara, pero camino las veintiún cuadras hasta su casa, entonando en su cabeza una canción de amor, con cara de estúpido y oliendo sus manos que guardaban aún su aroma.
Repitieron esa escena decenas de veces, hasta que Susy descubrió lo cautivador que era un amigo de su hermano, y lo cómodo que era tocarse más intensamente en la comodidad de un auto, ahí conoció el sexo oral, los rapiditos y lo bien que se siente que el tubito se pinte azul, para asegurarle que su joven cuerpo aún no alberga un retoño.
Azul, anda por ahí en su ruta 118. Primero con Marianita, luego con Cony, Tita, y Lluvia, en ese orden.
Sigue anclado en el techo por las noches, con la sonrisa constelada y el brazo detrás de la cabeza, suspirando en su cama.
Descansaba su cabeza, sobre su brazo que se extendía de un hombro a otro, con la sonrisa pintada y las mejillas desgajadas. Solo podía pensar en Susy. En su calida risa, en sus adorables dientes chuecos, en su copete aplastado y su ineludible voz chillona. Esos dulces y excedidamente escurridos besos que constantemente se les escapaba el amor de las comisuras, en un acto de risas simples y cómplices. El muchacho, adoraba esos pantalones ajustados, que él no lo sabría entonces, pero escondía las líneas grabadas desde sus caderas hasta los glúteos, como recordatorio de su abrupto cambio de peso que habría sufrido un par de años atrás. La llevó incontables veces a caminar a la arboleda central, con dieciséis pesos compraban dos vasitos de nieve y se acostaban en una banquita a besarse. Él le mordisqueaba los lóbulos y ella "ingenuamente" se presionaba los senos con los brazos para inquietarlo. Un par de veces dejó sentir el calor de su sexo a su deslumbrado novio, quien le dedicó largas sesiones de amor a solas mientras se duchaba recordando el sostén de algodón y las fricciones voluntarias cuando se quedaban a largo rato besándose. Justo a las siete cuarenta, se enfilaban al boulevard para tomar el autobús. Él, como todo un caballero pagaba el pasaje de ambos y rodeaba su espalda con su brazo que descansaba en los asientos naranjas de plástico, con finas estampas de marcador indeleble.
Si les tocaba demasiado lleno azul debía lidiar con los vívales que aprovechando el reducido espacio, le regalaban a Susy, alguna fricción de sus genitales, o una rosadita de sus manos en las tibias formas de la joven chica. Caminaban tres cuadras hasta la casa de Susy, con sus paradas en el arbolito de la casa morada, la banquita de la estética y el portón azul del doctor González, que más bien es camillero, pero le dan ride en la ambulancia, viste de blanco y su pico largo le ayuda a que lo llamen doctor. Los últimos besos ensalivados ya han sido entregados, Susy llegó a su casa y le dijo adiós con la mano antes de cerrar la puerta. Como cada noche azul le aseguró que se iría en taxi a su casa no muy lejos de ahí para que no se preocupara, pero camino las veintiún cuadras hasta su casa, entonando en su cabeza una canción de amor, con cara de estúpido y oliendo sus manos que guardaban aún su aroma.
Repitieron esa escena decenas de veces, hasta que Susy descubrió lo cautivador que era un amigo de su hermano, y lo cómodo que era tocarse más intensamente en la comodidad de un auto, ahí conoció el sexo oral, los rapiditos y lo bien que se siente que el tubito se pinte azul, para asegurarle que su joven cuerpo aún no alberga un retoño.
Azul, anda por ahí en su ruta 118. Primero con Marianita, luego con Cony, Tita, y Lluvia, en ese orden.
Sigue anclado en el techo por las noches, con la sonrisa constelada y el brazo detrás de la cabeza, suspirando en su cama.






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