La plática se le escurría a borbotones, incluso debía alzar la voz, imperativa, en el grupo para poder apropiarse del turno de hablar entre aquellas chicas pueblerinas, como ella. En una terraza amplia y sólida en el corazón de la ciudad más grande del mundo. Hablaban de cualquier tema que se atravesara por accidente en el léxico atropellado, de sus ciudades natales, el cómo habían llegado ahí, el impacto de su gentilicio en la región, la televisión, los planes, los rumores del viaje.
...quiero ver tu risa todo el día. Comenzó por hablar de él, mientras las chicas la escuchaban con sonrisa melosa, cómo escuchando el melodrama que a todos gusta y azota. Escuchar la melodía de tu voz... avanzaba con la velocidad de la canción que acudía de fondo a la charla. Citó las platicas largas de negociación entre la joven pareja. No sabían que ocurriría al estar ella lejos. Quisiera ser el brillo de tus ojos... Había hablado tanto y tan poco del momento, habían, incluso, dudado tanto. El peine que desnuda tu esplendor...
¿Guapo?... Sí, me salí de la capacitación para hablarte un momento. Cuando levantó el teléfono auricular de su oficina esperaba la voz quejosa de la compañía celular, pidiendo los mismos datos de facturación, o la chiquilla que recién comenzó a trabajar para la refresquera y quiere todos los servicios que no le puede ofrecer nadie, al menor precio, desde luego. Hola, bonita. ¿cómo estás? dijo sonriente al reconocer al instante la voz que anhelaba desde horas antes. ¡No esperaba tu llamada!
Desde entonces tenía la esperanza de que fuera ella de nuevo, desde entonces supo esperar, el día que apareciera de nuevo su voz asomándose desde el auricular con amor, justificaría la letanía de cualquier espera.






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