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sábado, enero 4

La calle azul de la calle candela


Es un cuadro horrible de un campirano en balsa que domina los brochazos irregulares, que simulan un mar,  con el alto contraste del el negro y amarillo de su cuerpo. El resto de la decoración corresponde a memorias, como predomina en casi todas las casas clasemedieras: fotografías, cristalería adquiridas en viajes esporádicos, un tazón con dulces típicos y, el orgullo de la familia, títulos universitarios finamente enmarcados o al menos la denostaciòn de que los chicos terminaron su instrucción superior.
Lo suigeneris, se lo da un ave verde y gritona que gobierna desde su jaula todo el livingroom. Lo único que sabe decir es su nombre, palabra suficiente para imponer su dictadura, dotada de pedazos de tortilla de maíz, frutos en pequeños trozos y muecas diarias de afecto, como tributo ineludible.
La casa se amolda a su visita, pareciera tener un resoplo de vida. Recuerdo mis primeros encuentros con la casa azul de la calle candela, recién había conocido a la más pequeña y dulce de las residentes. Nos besábamos en el filo de la banqueta, esquivando insectos, perros y transeúntes. No lograba pasar de la reja del pórtico pero, a cada beso de despedida,  fui dando pequeños pasos hacia dentro, unos más grandes cada vez. Pronto llegué hasta puerta de la casa que en recepción tiene el livingroom, con su barra de aglomerado como bancos de acusados junto al dictador emplumado, con jueces en la pequeña y brillante cocina. 
Las primeras esperas fueron en los sillones oscuros que ya no cohabitan con la familia, ya que fueron remplazado por unos vistosos loveseat color naranja con vivos oscuros que hacen juego con la madera del comedor, y la mesita de centro. el silencio era apenas amortizado por la televisión o los ofrecimientos de bebidas frías para mitigar el calor veraniego, esos largos ratos me dejaron grabar a cincel y martillo los detalles ínfimos de la habitación, incluso pequeñas marcas en la pared que me ponían a adivinar que cuadros habrán colgado antes esos clavos, antes de la decoración actual. 
Pasamos un par de años de romance voluminoso y a la suerte de las cartas se fue al extranjero por una temporada justo cuando el otoño comenzaba a arreciar. En víspera de navidad volví a esa casa aun con su ausencia, so pretexto de recibir un pullover horrible que ella me envió a propósito de la fecha decembrina. Pronto aprendí a querer esa prenda color blanco con dos puños verdes y un pino navideño mal bordado en el pecho, que me recuerda que la navidad es una consecuencia de artículos que no deseamos pero que nos dan pequeñas felicidades. Orgulloso me tomé la fotografía del recuerdo junto con el pino de navidad y la rodilla recién operada de su padre. Me gusta contemplar la fotografía y ver lo poco que han cambiado las cosas a pesar de su distancia, el cuadro azul como fondo de la fotografía, con su dominante azul que pierde fuerza por el estruendo de las luces del árbol navideño y por mi sonrisa desbocada. Los sillones ya eran naranjas, y todo se encontraba en la misma posición que ostenta el livingroom desde hace algunos años, pero el tono de la fotografía es cálido hasta un tanto campirano  y acogedor que la casa deseaba mostrar, para que ella a través de la fotografía extrañara su vida primera, sus llantos y su infancia. 
Esa casa de interés popular latía con devoción por ser vista por la niña de los gritos, como si la invadiera una negada nostalgia de saberla lejos y así permaneció hasta que mayo la llevo de regreso. Entonces se corrieron las cortinas, puertas y rejas; los sillones naranjas se pusieron sonrientes y hasta ese cuadro horrible se saco el polvo de encima y ensancho un poco la luna de aquel cielo exagerado, todo fue cohetes y fiesta, Ella, la niña había regresado. La casa la abrazo con sus paredes viejas y le canto desde sus tuberías por las noches para arrullarla. La casa sonríe como madre amorosa a espera de que la chiquilla vuelva a poner en movimiento sus pies.   

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