A raíz de una reseña en una revista culturosa
que hicieron de una novela colombiana que aborda el tema de la post
violencia en las tierras cafetaleras, un tema abordó por completo mis
fantasías cotidianas: La post-Violencia.
Tengo
la fortuna de haber nacido en el norte de México, en una de las
ciudades que mayor sacudida recibieron por parte de la guerra contra el
narcotráfico en nuestro modelo de sociedad y estilo de vida. Balaceras,
Uniformados y homicidios violentos se volvieron una constante en el día a
día de quienes residimos en la ciudad. Aprendimos a vivir con estos
hechos que causan alarmas en otras sociedades. Supimos minimizar los
riegos e integrar restricciones al quehacer cotidiano. Tanto como si
tuviéramos pescadores o mineros en la comunidad, dicho esto de la forma
más injusta posible, pues los criminales no deberían tener cabida en
nuestra comunidad.
Fueron
años difíciles que todos podemos contar, pero ya poco lo hacemos.
Algunos emigraron otros se quedaron y lo hemos guardo como un capitulo
poco memorable de nuestra historia.
La generación que
vivió estos hechos veríamos como atípico que en otras ciudades se
sorprendan por los actos y a través del tiempo dejaron sesgos que
irremediablemente formarán parte de nuestra identidad.
Aun
cuando la violencia no ha cesado en la región, ya lo vemos como
historia. Esto afecta nuestra forma de convivir. Es fácil reconocer a un
lagunero en tierras extrañas cuando se lanzan fuegos pirotécnicos o
escuchamos el estruendo de una motocicleta, un rayo o algún sonido grave
y seco en la lejanía. No cunden alarmas al ver al ejército en la calle y
las armas no nos impresionan fácilmente. ¿Cuál es el escenario en el
que dejemos atrás este holocausto cuando el furor de nuestras vidas nos
ubique en otros proscenios, lejos de la plática común de desmembrados,
colgados y levantados?
Con
aires esperanzadores, deseando un futuro con mayor certeza me pregunto
¿Cómo seremos en 10 o 15 años? ¿Cuándo los estragos de las estrategias
políticas nos ubiquen en otros tópicos? ¿Por qué marcharán los
universitarios? ¿Qué micro campañas de protesta de pseudoactivistas
inundarán las irracionales redes sociales? ¿Cómo educarán a sus hijos
que si tendrán acceso a la vida nocturna y que no conozcan, salvo por
libros, los retenes criminales?
Fácilmente
la mitad de ustedes, quienes lean este texto – cinco o diez personas—
podría debatir mis quimeras de una ciudad sin violencia. Hoy me siento
intrigado por la generación post-violencia y cómo sabrémos dar vuelta a
una página de abusos, de miedo y paranoia.






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