Hace casi un mes que me mude a la gran metrópolis, oriundo de una orgullosa y vehemente ciudad pequeña del norte de mi país, renuncie al todo por el nada, como recita la expresión popular y fui poseso por el rotundo temor a ingresar a tan temprano tiempo al túnel infranqueable de la rutina sedentaria y madura. Esa a la que nadie debería escapar, y que según mi madre, es un compendio de decisiones acertadas y un temperamento sólido infravalorado. Mi nueva sede es un macro-organismo, un ser viviente, que respira y secreta, tan grande en ponderación como su extenso territorio, tan inalienable como su misma existencia en la historia de lucha regional. No es la tierra prometida, ni una embestida romántica. Es, por el contrario y por el mismo lado, una desvivencia, un desaprendizaje. Diseñé el script a pocos pasos anteriores a zarpar la desconquista –entendiéndolo como una ganancia del anonimato-sin embargo, dejé la aparición más lucida de los últimos meses de mi vida, a discurrir entre el amenazante olvido, o el incomprensible fracaso. Aquí aparece ella. Perpetua, inmutable, joven. Una mezcla de ingenuidad y gallardía, intempestiva y bramante. El script lo pensé como un ser frágil a los cambios inmediatos, adicto a una constante trasformación, inresidenciable, apetecible al jugar de los dados, de las monedas de cara o cruz, a cualquier azar. ¿Dónde está ella? Aquí mismo, junto a mi pensamiento y a mi desorbitable pasividad. Ella, me enamore de ella en su arropar en una estación ficticia, de plástico intransigente. La vi en la plaza, otra vez en la plaza, y de nuevo en la plaza. El sitio más encantador y polifacético del planeta cuando es privilegiado con su presencia, la de la quebrantadora pasividad. La que me vuelve frenético, soñador o dócil con un ademán. No, en definitiva no es mi redención, sino mi fanaticada, mi abnegado aprecio, por una pieza tan única, tan errónea, tan perfecta. De comisuras cerradas, ojos profundos, silueta tallada y pelaje húmedo.
La recuerdo sonriente, y consecuentemente en los hechos y tiempos, frases como, ¿la nueva ciudad es para siempre? Y mi casi quebrantable ferocidad, ahincando la respuesta. Nunca me pidió que me quedara, nunca me pidió que me marchara. Más me ahondo en la más única e imperturbable ilusión. Contemplo su mórbida eternidad. No es tu enigmático sexo, o tu vigorosa aparición, no son mis extralimitadas añoranzas, ni mi sinvergüenza exaltación, por lo bellamente corroído. No es tu piel, ni tu cadencia, tu trato afable, ni tu mísera incondescendencia. No es tu arrojo, ni tu dulzura. Eres tú, completa, no de medula a glándula, no sanguínea y conmensurable. Tú, la dócil voz, el impetuoso espíritu, tu constante ausencia, tu apacible y demoledora mirada, tus marcas de desvelo, tu monstruosa compatibilidad al borde de una blasfemia. Tu cálido e irrenunciable llamado, tu eternidad, Tú. Mi desvergonzado y alarmista animo, mis ansias de devorarte, mi especulante espera. Tu anomalía y tu indispensable existencia
La recuerdo sonriente, y consecuentemente en los hechos y tiempos, frases como, ¿la nueva ciudad es para siempre? Y mi casi quebrantable ferocidad, ahincando la respuesta. Nunca me pidió que me quedara, nunca me pidió que me marchara. Más me ahondo en la más única e imperturbable ilusión. Contemplo su mórbida eternidad. No es tu enigmático sexo, o tu vigorosa aparición, no son mis extralimitadas añoranzas, ni mi sinvergüenza exaltación, por lo bellamente corroído. No es tu piel, ni tu cadencia, tu trato afable, ni tu mísera incondescendencia. No es tu arrojo, ni tu dulzura. Eres tú, completa, no de medula a glándula, no sanguínea y conmensurable. Tú, la dócil voz, el impetuoso espíritu, tu constante ausencia, tu apacible y demoledora mirada, tus marcas de desvelo, tu monstruosa compatibilidad al borde de una blasfemia. Tu cálido e irrenunciable llamado, tu eternidad, Tú. Mi desvergonzado y alarmista animo, mis ansias de devorarte, mi especulante espera. Tu anomalía y tu indispensable existencia
(fragmento)
Escribo, para que tal vez no lo entiendas, para que no notes mi añoranza, para que lo leas y acaricies con una mueca mi recuerdo.






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