La Luz tibia de las candilejas sobre paseo sin nombre, los poros húmedos, y la ropa seca a pesar de la lluvia. Mis zapatos destruyendo la cadencia en que las gotas precipitantes concatenan, con los diminutos océanos, en los huequitos del asfalto. Alegrando el letargo de la bolsa de galletas olvidada bajo la banca, el viento le concede la pieza no bien tocada, en la que participa la estridente gotera del estanquillo, el salpicar del neumático, y mi intermitente respiración.
Faltan aún seis cuadras. Faltan aún, siete suspiros, diecinueve muecas. Ya debes estar revuelta por las ansias, contemplando fijamente mi llegada, debes ya haberte arrancado a jirones la blusa. Casi te imagino, en la esquina de la cama, abrazando tus piernas besando con tu mejilla el corrugado de la rodilla, con tu cabello negro pendiendo como cortina hacia tus costillas. Vistiendo tu sonrisa, que combina perfectamente con tu ropa ligera de cama.
La puerta de mi departamento grita mi llegada, arrojo el maletín junto a la caja que se cree perchero, pise -sin quererlo- la sala, compuesta de una alfombra sucia y tres cojines con aún menos suerte.
Perdoné la vida de la cucaracha -que jugaba en la cocina- por la premura de abrir imponente la puerta de la alcoba. Puse la Palma firme al centro, y con gran fuerza la empujé, se me dibuja la sonrisa al ver la cama, me acerco silencioso, cauteloso, acechante, encajé la rodilla en el colchón, me deslice lentamente hasta el lugar preciso donde debería estar tu piel dura, donde debería estar... Otro día más.
Que olvide que no te resguardo en mi cama. Disco mi número favorito y descubro tu voz, me regalas un silencio y vuelves a aparecer en la orilla de la cama, con tu ropa ligera, y tu mejor sonrisa. Como cada noche, como ninguna otra noche.






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