Marcos era un muchacho sin muchas aspiraciones idílicas de su rutina. Era un muchacho que poco compartía con sus contemporáneos, carecía de un agudo sentido de desconfianza, sin embargo era hermético, solitario. Desconfiaba de las tecnologías y le gustaba el olor a cabello quemado, la tinta fresca que se adhería en sus dedos y el crujir de las cebollas abrazadas en aceite sobre el sartén hirviendo. Estudiaba recursos humanos, aunque despreciaba la forma en que debía ver el capital humano, como sacos, peor aun, como cabezas de ganado, aprender a dosificarles el agua, a esconderles alfalfa y a echarles ocasionalmente un animal a ladrarles para atosigarlos cuando debe evitar que piensen individualmente y no como colectividad. Marcos tenía un padre rico, uno pobre y uno muerto. El primero el esposo de su madre desde hace un par de lustros, el segundo el carpintero de su pequeña ciudad natal quien le dio su primer empleo y doscientos veinticuatro pesos como recompensa a su sudor de una larguísima catorcena, eso y un extraño gusto por las canciones de talacha bonachonas y con contenido sexual muy fuerte. El último su padre biológico, muerto en el intento de cruzar la frontera, se fue cuando Marcos tenía cerca de seis años, y murió cuatro años después de una enfermedad venérea. Nunca pudo llegar a los estados unidos, siempre que lo intentaba allá en Juárez se le atravesaba una puta o un botella de ron. Su madre siempre lo educo como un muchacho de buena cuna, aunque marcos era aguerrido en usar siempre pantalones rotos y tener los codos llenos de mugre, tiraba a la basura el dinero que le daba el padrastro, orinaba los juguetes que le obsequiaban, y en cualquier viaje, siempre terminaba perdido.
Se mudo a los veinte años donde su tía hermana Guadalupe, para poder entrar a la universidad publica de la capital, otro rancho tan pobre como su pueblo de nacimiento, pero con escuelas y más puteros. Marcos siempre deseo ser como Don Paco el carnicero, todos los domingos se instalaba en la calle principal, con su bigote peinado y las ropas blancas a vender barbacoa, aunque todo lugareño, lo tachaban de ladrón, miserable y poco despierto para la presión, en su comunidad no lo decían con tanta propiedad. Siempre tenia perros cercanos al negocio, unos juguetones otros medio bravos, pero todos fieles al doctor de las carnes. Marcos gustaba de comprar 4 pesos de pulpa molida, era menos de un puño y se lo echaba en la bolsa del pantalón, para que los perros lo olfatearan y así robarle la atención de los animales. Así lo hizo cada domingo durante largo rato, hasta que a su madre se le acordó que era una santa y que tenían que ir a la iglesia antes del medio día, a la hora que va la gente decente, entonces ya no podría salir temprano de su casa, para no ensuciarse las ropas de domingo, un día noto que ya no se congregaban tantos perros, le pareció extraño que cada domingo hubiera uno menos, tal vez se iban uno a uno a otro lugar, nunca lo entendió.
El Zaguán de la casa tenía pacas, bultos de hierba fresca y costales de arroz, ahí llegaban los señores de las labores a aventarlos cuando el sol empezaba a cabecear del cansancio de un día de trabajo duro en el campo. Ahí paso el mayor tiempo de su infancia escondiéndose entre las hierbas, del enemigo guerrillero que le apuntaba con gritonas escopetas, como la del tío Juan, color negro, con la cacha toda partida y una calcomanía que vivió antes en una bolsa de frituras. Una vez la había cargado en año nuevo, la llevo del comedor al patio para que don Juan le dispara a las latas que ponían en la barda, nadie contaba con la clara perdida de habilidad, del experimentado escopetero cundo se empinaba la botella. Los dos primeros tiros perdidos no causaron tanto revuelo como el tercero que fue a dar al tambo de disel, que causo un alegórico accidente. Ese año nuevo fue cuando llego Javier de Oklahoma, le trajo unos walkman y dos cassetes de los Doors, originales. Javier era bastante feo y presuntuoso, cuando llego deportado traía consigo más de 3 anillos de oro brillante en cada mano y una cadena también de oro oxidada y amarrada con un arillo de las llaves porque no tenía el broche. Marcos aun conservaba los audífonos, se los ponía a diario aunque no tuvieran pilas solo para evitar entablar conversación con cuanto se topaba, conocido o no. Siempre fue miedoso de las multitudes, siempre evito el rose cuerpo a cuerpo con los demás, sin importa el motivo del aglutinamiento. Se enamoro dos veces, la primera de su prima la claudia, le gusto incluso después de su segundo hijo, todavía se masturbaba pensando ella, en la vez que fueron al río y sus frescos senos húmedos y erizos se dibujaban debajo de la blusa blanca con un nudo en la espalda, o cuando la vio en casa de su abuela mientras se pasaba una servilleta por el pecho para limpiarse después de amamantar.
La segunda vez que cayo enamorado, fue en el camión de ruta, cuando iba camino a la universidad comunitaria del estado. Ahí vio a una pecosa, con huaraches blancos, no muy nejos, una falda corta apretada en la parte de las notables nalgas, mostraba una cicatriz grande por encima de la rodilla a lo largo del exterior del muslo, y una blusa de botones blanca, con la palabra bebe al frente, delineado con piedritas brillantes, ya no tenia muchas pero la palabra se entendía por los sedimentos de pegamento que todavía se notaban en la blusa. Marcos la contemplo largo rato hasta que la chica abandono la unidad justo el instituto de secretariado Madre María Elena, en la Plutarco Elías calles esquina con Presidente Miguel Alemán.
Al salir de la UniCE como le llamaban popularmente en la ciudad a su casa de estudios, caminaba por toda revolución hasta llegar a Miguel Alemán, y se sentaba en los jardines del Marielena a arrancar el pasto y dibujar en su cuaderno, A veces le pedía siete pesos a Fabián el cabezón, para comprarse unas conchitas en la Michonieves y ahí se acostaba en las jardineras para esperar a la pecosa. Todo el segundo año esa fue la rutina. Ahí conoció a azucena, o suci para sus compañeras del secretariado, sostuvo con ella un bienaventurado romance, durante casi cuatro meses hasta que ella metió a una notaria, donde no estuvo mucho tiempo trabajando, la corrió la esposa del licenciado González cuando la encontró de rodillas con la blusa abierta y la boca llena.
Fragmento...






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