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lunes, enero 17

Borrador Cuento

Violeta y el viejo Toallón

[...] Había sido un día bravo en la escuela y el camino interminable de dos cuadras y dos tercios de regreso a casa, sumamente agotador. Aquella tarde de verano, después de haber consumado sus faenas vespertinas, la inapacible chiquilla se dispuso a cambiar sus ropas. De la forma más alarmante, salieron disparadas de sus miembros dispersándose por toda la habitación. Las medias colgaron del travesaño que sostiene las cortinas, la falda de tablones se unió a la oscuridad inexplorada que habita debajo de su cama, la blusa de abotonar sobre la coqueta y la mesita de noche acogió feliz un zapatito y el suéter de dos botones. En un santiamén ocupo su pantalonera –no muy percudida- color morada y el camisón crema con pequeñas figuras estampadas. Se sentó a la orilla de la cama y despacio se recostó hasta que sus cabellos recios inundaron el edredón. En el mismo ritmo cedió la fuerza de sus piernas y parpados. Tras discurridas dos horas Interrumpió su letargo la voz suave de su madre
   -¿Violeta?- mientras le rozaba ligeramente la frente con sus duras y calidas yemas -¿Vienes a cenar un platón de Cereal?
Entre sueños escucho la invitación y se incorporo de un brinco, ya en el transcurso del salto sus ojos se abrieron, su uniforme escolar ya se había agrupado en una silla perfectamente doblado. Extrañamente, eso ocurría cada tarde durante su siesta. La pequeña embistió sus felpas de elefante, que de no portar con calzado cuando bajara, seria fuertemente reprendía por tal descuido.  Entonces acudió prontamente al lavamanos del baño situado en la planta alta, tan lejos como cuatro pasos grandes, un mediano y medio pie –exactamente- de distancia a su alcoba. Acercó con el empeine el banquito de la calcomanía de cocodrilo, al nacimiento de  la porcelana del grifo, para poder enjabonarse las manos, cabe decir que violeta no es precisamente un gigante y requería de este pequeño auxilio para realizarlo cómodamente. Con dificultad, controló la pastilla de jabón de mojarra, que brincaba de sus manos a cada apretón, sin duda era buena pescándolo, después de frotarse, dejo correr el agua por sus dedos para eliminar la espesa espuma que la mojarra en pasta había dejado con la fricción, ahí paso unos segundos columpiando el agua por sus palmas y muñecas hasta sentir un pequeño escalofríos. Entonces brincó lejos del banquito, lo empujó a su lugar con la punta del pie y cerro la llave con el codo. Se sacudió ligeramente los nudillos y los estampo contra la toalla que pendía de una horquilla de metal incrustada en la pared.  Estrujó la toalla entre los dedos y de pronto un doloroso quejido quebranto  el silencio. Apuntó la vista hacia la verja de la ventana y tras un pequeño instante, volvió sus palmas a la afelpada tela, y continúo frotándolas.  Deteniéndose una vez más al escuchar nuevamente aquel alarido. Se dispuso a revisar meticulosamente la habitación: mojarra, cocodrilo, puercoespín para dientes, felpas de elefante, hasta el grifo de la porcelana se encontraba en quietud. Tras el breve y conciso chequeo nadie presentaba anormalidad. Exhaló  extrañada y tiro de la toalla que con tanto manoteo había perdido ya el equilibrio sobre la horquilla.

-¡Niña! Ya tienes las manos secas ¿No puedes dejar de apelmazarme? – Sentencio la voz enérgica.

Violeta se volvió con violencia la espalda, las cejas se unieron al sequito de cabellos, y sus ojos se estiraron de polo a polo con tal azoro.

-¿Toalla?- pregunto. De puntitas y muy sigilosa se acerco con un andar pasmado hasta pegar su rostro a la pared que sostenía la horquilla y le susurro -¿Eres tú?-

[Fragmento]

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