La calesa esta humeando, el camión de pasajeros circula lento con los parados agazapados, frotándose a cada bache de la carretera. Vuelvo de la lujosa oficina con vidrios entintados que enclaustran mi cubículo, con un escritorio enorme con grapadora, teléfono, portaplumas, tarjetero y hasta abre cartas, aunque hoy en día ya nadie reciba correo postal.
Me paso el día escarbando en correos, forzando la voz suave al teléfono y rascándome la sien a cada cobro que no hemos cubierto, cada vez que un desconocido me grita en la bocina exigiendo su dinero de 6 meses de retraso. El resto del tiempo me dedico a tratar de engañar a un nuevo proveedor, de jurarle que somos la empresa más apresta y formal.
Al final del día nada me queda, me alegra una sonrisa, una lectura, un chiste en las redes sociales, un programa mal habido, la miseria de otro, más, pusilánime.
Tal vez un día no llegue a la oficina, tal vez un día huya escondido en una maleta, o en la batea de una pickup con cajas de abarrotes, o quizá un día vaya a la central de camiones y compre un boleto sin regreso.
Por lo pronto, en cuanto llegue a casa redactaré esta carta en forma de queja, alzaré la voz en el eco de mi habitación y perderé el atavío con un discurso elocuente y motivador. A la mañana volveré a la miseria de los escritorios y los teléfonos gritones.






1 comentarios:
:) huye.
Publicar un comentario