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miércoles, mayo 23

El taxi de Chente


La media noche ya  ladraba fuerte y me acompañaba en la espera, sentado en la sala donde cada tercer día soy visita. Después de un rato, escuché el claxon del taxi anunciando la hora de partir, me acerqué mis chivas, revisé las bolsas y me puse en pie.
Ya junto a la puerta entregué el último beso de la noche, salí al pasillo, esquivé a la mascota que ya roncaba, y al pasar la reja quedé de frente al automóvil marca dodge, de un aparente color blanco y decorado con luces azules, muy elocuentes, que nacían en las ventanas traseras y atravesaban la mayor parte del cielo del auto.

Avancé, algo sorprendido, hacia el carro y pude ver un millar de fotografías al interior. Saludé al chofer y sin poder disimular, clavé los ojos en la leyenda del cofre que rezaba el taxi de chente.

Ya en marcha el vehículo, comencé el escrutinio de las fotografías. En el cielo estaban pegados recortes de revistas, periódicos y poster's del ídolo de la canción vernácula, Vicente Fernandez. Los recortes cubrían por completo el tapiz, así como los laterales de las puertas y la mayor parte de los cristales. En el tablero resplandecían CD's del interprete mexicano, junto a las cajas de cartón que algún tiempo fungieron como portadas de los viejos albums de acetato.

Para coronar el museo móvil, el fondo musical era complaciente con los éxitos del charro mexicano. Al chofer poco o nada le incomodaba mi azoro de tan peculiar escena, muy por el contrario lucía entusiasmado, con una media sonrisa que presumía su fetichista veneración del Chente.

Después de los dos primeros kilómetros, solté un poco el cuerpo. Cedió el asombro y pude reconocer el track musical, que era una de mis preferidas, y se me volcaron encima un par de rostros.
Entonces, faltaban ya pocas cuadras para llegar a casa y sentí que el viaje se quedaría a medias, que mi experiencia no sería consumada en todo su esplendor folclórico, porque si ese fuera el taxi de Chente, no me habría bajado con tanta sed de un tragüito caliente para pasarse el atorón en la garganta de esa canción de los malos amores. 

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