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lunes, junio 21

Abacería

La plaza completamente poblada de ausencia, el verde árbol, perfectamente enfilado al igual que sus doce o quince compañeros, contemplándolo, dudándolo. Él, esquivándolos con la mirada, apenas si alcanza a ver el asfalto contenedor de la plaza.
El sol, es redentor al filo de la abrumadora tarde, los mosquitos rondan, acechan y muerden, el sudor brota, desde las ropas hacia los poros de él, quien impaciente espera se rompa el culto.
- ¿A que hora llega? se pregunta- y con tan solo unos minutos de retraso, se incomoda, alarga el cuello, achica las uñas con los dientes.
Luís esta esperando, no desbordado como las ansias de la primera vez, cuando la conoció, aquella cuando en la estación, desarmado, veía el teléfono, contemplaba el rededor, se subía a una banca para ver mas, le llamo con el pensamiento cada 19 segundos, se desplomaba en sudor, sudor no de verano, de ansiedad, le sacudían las manos, encendía un cigarro y casi al instante lo arrojaba -voy a oler- se llevo goma a la boca para disimularlo, arranco unas hojas y se quedo a esperar. En la estación, su aletargo fue por treinta, o cuarenta minutos, quizá dos días, al menos a el le pareció así, una eternidad de instantes para su llegada. Ana es bella, es espontánea es un mar en medio de la tormenta, arrojado, intempestivo, desprovisto de cualquier pronostico, veintinada años, con ojos profundos surca el silencio, transgrede la estabilidad, el encierro. Se conocieron sin atención, y con la misma despreocupación se tropezaron. Un día la tomo de la mano, pensó que solo la llevaría al otro extremo de la calle, y cuando pisaron la acera, el ritmo del corazón ya no era el mismo.
... La plaza parece imperturbable, a su espalda escucha pisadas, hojas secas, Luís volvió la vista esperando fuera ella, y solo encontró un par de perros olfateando entre los lacerados troncos de la plaza. la tarde avanzo pocos minutos, y escucho de nuevo ruidos, ya no volvió la vista, hasta que estuvo muy cerca, ella había arribado, La contemplo algunos instantes hasta pegarse completamente a el, en un sutil, tierno y cotidiano beso.
-¿Me esperaste mucho?- Le pregunto Ana con su constelada sonrisa.
-No, recién llegue- Le mintió amablemente, aunque el mismo Luís sabe, que sus mentiras son jocosas imposibilidades, jamás habría de ocultarle algo a Ana, sin que ella lo oliera en el instante, en parte el era mal mentiroso, en parte ella conocía sus parpadeos. Era, Luís y Ana.



Borrador #uno

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