Al espejo.
Treinta y nueve minutos con una hora, ciento cuarenta y cuatro horas, y tres días. El inefable silencio de la noche me recuerda la montaña. Veo la montaña con el asombro de un niño que no conoce mundo, que descubre la inmensidad, que obtiene su primera noción de lo inmortal. Trepo alto hasta que siento miedo, no miedo a caer, si no por el contrario, ha seguir subiendo y nunca detenerme.
Me siento en la cúspide, abrazo mis rodillas y siento tu sonrisa, me acaricia un instante tu aroma, parece que el aire lo trae hacia mí. No siempre te tengo en el pensamiento, no siempre me despierto deseando tu voz. Me falta el aire, no es la altura, no es tu inmensurable existencia. No es la realidad.






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