Una muchacha, mientras agitaba la humedad de su cabello negro, me preguntó incrédula. — ¿Así que tú escribes? —Ante mi casi nula experiencia, fue un halago. Me imaginé en la sala de concierto de Estocolmo recibiendo de las mismas manos de Gustavo de Suecia mi flamante galardón como literato. Generalmente, cuando alguien muestra interés en mis aspiraciones artísticas trato de no pavonearme demasiado ya que un movimiento brusco puede ahuyentar a la victima. Debe ser un sutil manejo y decir dos o tres palabras pretenciosas con ineludible descripción de las mismas, como si consideraras la falta de familiaridad de su léxico. Hablas de los talleres, mencionas algunos tristes pusilánimes locales sin demasiado talento, pero que a diferencia de ti ya han publicado. Relatas brevemente, con una excelsa actuación, alguno de tus textos y para que no parezca definitivo cierras con la frase “Algo así, más o menos... todavía lo estoy trabajando”. Acto seguido, preguntas por las lecturas predilectas del señuelo y hablas con la certeza del momento. Ese manual me ha permitido navegar entre los más incautos preguntones, pero en esta ocasión la chica me dijo — Sí, se ve que te gusta pero ¿Por qué? —Entonces, me llené la cabeza en un instante decidí que debía hablarle de un sueño de escribir, de lo seductor de la vida de un escritor, de como aunque poco o nada tengas para vestir la ropa más desteñida te etiquetaría de excéntrico, pero eso es lo más banal del epitafio. Debía puntuar la responsabilidad de hablar del mundo, de lo que acontece, de ayudar a que México, a través de sus expresiones artísticas, deje sembrados los testigos de este momento en la historia. De ser referentes para la memoria de las generaciones venideras. Sin embargo, lo que yo escribo no esta ni escasamente dirigido a una denuncia social, ni a la narración de los hechos actuales, son más historias pequeñas que casi no parecen cuentos y se atoran en relatos, pero son cuentos puesto que yo lo he dispuesto, y sobre todo, porque tienen alma de cuento. De temáticas mas sosas encaminadas a deidades femeninas, a largos pasajes urbanos y cotidianos. Cuando hablo, cito viajes y centrales de autobuses, hablo de puestos de fritangas pero nunca de lo que hay detrás de esos puestos ni de donde vienen, y en el caso de abordarlos, son temáticas sumamente locales con signos y significados que solo aluden a quienes conocen el carácter recio de la región.
Cuando era niño, se desbordo el río nazas. El pánico cundió en la población, algunos salían de la ciudad y otros tantos se trataron de proveer de las necesidades mínimas en caso del siniestro. Lejos está aquella venida del nazas, de las actuales experiencias. Atónitos, los comarcanos se agrupan en hordas familiares, para contemplar el tan singular espectaculo del espejo de agua bajo el puente. A mi padre le importaba un carajo, nuestra casa estaba diez o quince kilómetros del río, y para cuando se inundara la mitad de la ciudad, nosotros seguiríamos aburridos sin ver un sólo simulacro. Nunca escribí algo al respecto puesto que no lo viví.
Lo mismo ocurre con lo que escribimos, o medio escribimos, según el caso particular. Tenemos muy arraigada la vida cotidiana y necesitamos un poco más que disciplina para desprendernos. Entonces volví a la pregunta inicial, escribo para contarle de mi vida al mundo que no conozco, o… para contarles del mundo lejos de nuestras vidas, a los que sí conozco. Eso lo aprenderé en el camino, pero "un día llegaremos a América, algún día".






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